martes, 29 de junio de 2010

La libertad


Hermanos: Cristo nos ha liberado para que seamos libres….Su vocación, hermanos, es la libertad” (Ef 5, 1 y 13)

Acercarnos a uno de los grandes valores del ser humano, nos lleva a reflexionar sobre la libertad. Es un valor tan deseado por todos, que paradójicamente en su búsqueda uno se puede quedar atrapado en las propias situaciones que le esclavizan o limitan la libertad de los demás.
La libertad es un algo primordial, ya que permite que los demás valores existan. Definirla no es tan fácil, pues, existen distintas formas de concebirla y ejercerla.
El Hombre puede dirigirse hacia el bien sólo en la libertad, que Dios le ha dado como signo eminente de su imagen. “Dios ha querido dejar al hombre en mano de su propia decisión (cf. Si 15,14), para que así busque espontáneamente a su Creador y, adhiriéndose libremente a éste, alcance la plena y bienaventurada perfección. La dignidad humana requiere, por tanto, que el hombre actué según su conciencia y libre elección, es decir, movido e inducido por convicción interna personal y no bajo la presión de un ciego impulso interior o de la mera coacción externa” (GS 17).
A partir de esta concepción se plasman en las leyes los derechos fundamentales de los individuos. Sin libertad no se podría hablar de dignidad humana y su respeto, ya que ésta, garantiza las libertades de expresión, culto religioso, asociación, tránsito, pensamiento, entre otras. Estas libertades constituyen la base misma de las sociedades democráticas.
Sin embargo, tenemos que aclarar que la Libertad no es simplemente hacer lo que queramos hacer, y divertirnos; aunque algunos lo piensen así. La Libertad es estar libre de ataduras y de explotación, aun de aquello que me ata a mí mismo.
Por esta razón no podemos hablar de libertad absoluta o ilimitada, porque mi libertad tiene su límite en la libertad del otro. Por eso afirmamos que la libertad personal impera de alguna manera en la autonomía, en el dominio de sí mismo. Y cuando hablamos de libertad social nos remitimos inmediatamente al derecho y, por supuesto, a la responsabilidad de participar en las decisiones colectivas. La democracia es por lo tanto no sólo poder emitir un voto sino sobre todo ser libre en una sociedad libre.
La libertad nada tiene que ver con la indiferencia, tomar la decisión de “no decisión”, es privarnos del valor de la libertad y daña nuestra coherencia de vida, por ende agrede la identidad.
Como en todos los valores debemos aprender a educar nuestra libertad, la garantía de esta libertad es nuestra capacidad de dominarnos a nosotros mismos, de esforzarnos por alcanzar la plenitud, la cual, no se logra, si no se respeta la propia vida y la de los demás.
Agrega el Concilio Vaticano II: “la orientación del hombre hacia el bien solo se logra con el uso de la libertad…con frecuencia, sin embargo, la fomentan de forma depravada, como si fuese pura licencia para hacer cualquier cosa, con tal que deleite, aunque sea mala. La verdadera libertad es signo eminente de la imagen divina en el hombre. Dios ha querido dejar al hombre en manos de su propia decisión” (Ibid. 17).
Con esto nos damos cuenta de la gran responsabilidad que implica el don maravilloso de la libertad, de ahí que, siendo dueños de nuestras decisiones también somos responsables de las consecuencias. No podemos andar por la vida con una actitud equivocada de la libertad porque dañamos nuestra propio ser, y también el orden social.
Por eso aunque la libertad es un don de Dios, es un deber conquistarla. La libertad es para amar más y mejor. La libertad es así la expresión mayor de la dignidad de la persona Humana.


+ Rogelio Cabrera López
Arzobispo de Tuxtla

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