martes, 20 de septiembre de 2011

Obras apostólicas del Padre Yermo


Obras apostólicas y primeras dificultades

El día establecido por el Padre Yermo para iniciar en la Congregación el Noviciado fue perturbado por una gravísima inundación de la Ciudad de León. La noche del 18 al 19 de junio de 1888 la tercera parte de la ciudad fue destruida por el imprevisto crecimiento del río de Los Gómez. En aquella ocasión el Padre Yermo desafiando las aguas impetuosas mostró su heroísmo pasando toda la noche en la obra de rescate de las personas que se encontraban en peligro. A las hermanas del Calvario les dio orden de recibir a todos los damnificados, de abrirles no sólo la casa sino las pocas reservas alimenticias disponibles, y bajando a la ciudad, inició la obra de coordinación de las ayudas.
Sobre la colina del Calvario se refugiaron más de tres mil personas, a las cuales en los momentos más urgentes de la tragedia no les faltaron ni víveres ni los artículos de primera necesidad.
Después de haber pasado una terrible noche, seguida de una jornada perturbada por aquel caos, el Padre Yermo, a las once de la noche de aquel mismo día, o sea el 19 de junio, fundó el Noviciado de la Congregación de las “Siervas del sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres”.

En los días siguientes y por otros muchos meses trabajó intensamente por el bien de todos aquellos pobres, afrontando la situación de injusticia en la cual se encontraban envueltos, y defendiéndoles valientemente del abuso de los prepotentes. Por esta obra suya fue muy elogiado por diversas personalidades y por la opinión pública. “El Señor Yermo recogió a innumerables gentes, esta es la palabra, innumerables, en su casa del Calvario y en la grandiosa que está construyendo para Hospicio, en las salas de la escuela que levantó y hasta en la sacristía, recorriendo las calles de la ciudad buscando limosnas para dar de comer a aquellos infelices”. 1

Por su heroico comportamiento en aquellos días de angustia de toda la ciudad de León, fue contado entre los hombres prominentes de México: “En los momentos del conflicto dio ejemplo de inestimable valor arriesgando su vida por salvar la de sus semejantes y, pasado el riesgo, trabajando sin cesar, llevando el bálsamo del consuelo a todas las familias de los desvalidos, patrocinando la causa de los más infelices en la Junta de Socorros y procurando que los auxilios se distribuyeran de una manera efectiva. Con tan laudable objeto ha fundado una colonia en el nuevo barrio del Calvario perteneciente a la ciudad de León; y en esa colonia se alberga una multitud de artesanos que quedaron sin pan y sin hogar, y muchos otros indigentes”. 2
El Padre Tomás Mas s.j. contemporáneo y que conocía personalmente al Padre Yermo, recordando el heroísmo de aquellos días, inmediatamente después de su muerte escribe: “Su eminente espíritu de caridad, que llegó a tener sublimes manifestaciones con los inundados de León le hicieron admirable entre católicos e impíos”. 3

Primer desarrollo de la Congregación

Después de más de dos años de la fundación de la Congregación de “Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres” en la ciudad de León, es invitada a dar los primeros pasos fuera de la ciudad, extendiéndose a la ciudad de Puebla de los Ángeles para hacerse cargo de un asilo de ancianos ya existente llamado “Asilo Particular de Caridad”. No fueron fáciles aquellos primeros pasos fuera de la cuna, con titubeos y sorpresas a veces poco agradables que indujeron al Padre Yermo a redoblar sus esfuerzos por mejorar el servicio de la caridad y la formación de las hermanas. Dios bendecía la Congregación con nuevas vocaciones, y en los años siguientes se fundaron orfanatorios, escuelas y hospitales en diversas localidades del centro de la República Mexicana.

Con la extensión geográfica de la obra aumentaban también las dificultades de todo género, especialmente las económicas que requerían del Padre Yermo una total confianza en la Divina Providencia.

Las persecuciones religiosas imperaban en la nación, especialmente en el estado de Guanajuato al que pertenecía la ciudad de León. En el año de 1889 el Padre Yermo decide, de acuerdo con el Obispo Barón y Morales y con el de Puebla, Monseñor Francisco Melitón Vargas, trasladar la Casa Generalicia de León a Puebla, donde hasta ahora permanece.Para el Padre Yermo, los pobres señalaron continuamente su camino de donación al Señor. Después del traslado de la Casa Generalicia permanece por algunos meses en el Calvario de León, pero las graves acusaciones del doctor Rosendo Gutiérrez, su principal colaborador al inicio de la fundación del “Asilo del Sagrado Corazón” en el Calvario, las incomprensiones del señor Obispo y la complicada situación económica, obligaron al Padre Yermo a dejar la Diócesis de León e incardinarse a la de Puebla en el mismo año 1889. Después de las titánicas fatigas de los primeros años de la fundación, deja con profundo dolor aquel lugar tan querido para él. Quedaron las hermanas al servicio de los pobres en la comunidad local de la Casa Cuna.

Las dificultades financieras eran reales, pero ciertamente no por culpa de una mala administración, sino porque las limosnas no eran suficientes para alimentar cientos de personas que además eran asistidas en todas sus necesidades diariamente: recién nacidos, niños y ancianos de ambos sexos, todos igualmente miserables. Además la inundación había empobrecido grandemente la ciudad y por consiguiente también la institución del Calvario, haciendo siempre más difícil el equilibrio entre los gastos y los recursos disponibles.
La Providencia divina ayudó en modo verdaderamente extraordinario al Padre Yermo. El cual a su vez no se dio reposo hasta saldar todas las deudas de los primeros años de la fundación de la Congregación. En la ciudad de Puebla, para pagar aquel déficit que había dejado en el Calvario de León, se sometió a grandes sacrificios y renuncias, y además a un intensísimo trabajo pastoral, en el cual llegó a predicar algunas veces hasta siete sermones en un día en diversas iglesias de la ciudad de Puebla. Por sus dotes oratorias era invitado con frecuencia a la predicación.
Al Obispo Barón y Morales, desde la ciudad de Puebla, el Padre Yermo le refiere en estos términos su difícil situación: “Trabajo desde algunos meses sin descanso, por dar fin a negocios que me tienen afligido, más que todo por las molestias y penas que a Vuestra Señoría Ilustrísima han causado, sin mi voluntad. Para esto de enero a la fecha he hecho cuatro viajes a México, no quedándome allí instalado, por no aumentar mis gastos que he reducido hasta privarme de lo necesario, pues quiero a costa de cualquier sacrificio salir de esta situación (...) También espero que me aconseje V.S. Ilma. si será conveniente, para apresurar el vencimiento de las dificultades que tengo, que comisione, por ejemplo a D. Vicente Gómez, para que venda mis libros y demás muebles, pues a eso y a todo lo que fuere necesario, estoy dispuesto, indicándomelo V.S. Ilma. (...) 4 Con respecto a mis deudas, sujetándome a muy grandes economías y merced a lo que voy reuniendo con mi predicación, en la que estoy casi matándome, he logrado pagar una buena parte y yo confiadamente espero que el Sagrado Corazón de Jesús me ayudará a cubrirlo todo, ya sea con mi propio trabajo, o ya con lo que me quede al concluir la liquidación de la testamentaría del señor mi padre, en lo que sigo trabajando y aunque con lentitud, marcha adelante; está ahora al frente el Lic. Dn. Pedro Bejarano. Constantemente estoy haciendo pagos y el de V.S. Ilma. lo cubriré con toda preferencia, para lo cual suplico me haga el favor de indicarme el monto.” 5
En la ciudad de Puebla el Padre Yermo fue perturbado por un período de tiempo del sufrimiento por la candidatura al episcopado por dos veces: en el año 1891 para la diócesis de Tehuantepec, y en el año 1893 para la diócesis de Cuernavaca. Se sentía indigno e incapaz de asumir semejante responsabilidad, aunque al mismo tiempo estaba disponible. Mientras no supiera cual fuese la voluntad de Dios se preparó con oración y con corazón abierto, y se alegró cuando Dios, valiéndose de informaciones negativas sobre su conducta lo liberó de tal responsabilidad. Las informaciones negativas fueron formuladas principalmente por el mismo obispo Barón y Morales referentes a los años difíciles de las incomprensiones y de los errores juveniles cometidos por el Padre Yermo cuando todavía no era sacerdote. Hay que decir que junto a los informes negativos, llegaron también a la Santa Sede los positivos que fueron reconfirmados destruyendo toda duda al respecto: “Por las noticias que tengo de personas muy considerables puedo asegurar que tanto el R. D. José Yermo y Parres, como el R. D. Samuel Argüelles, gozan de óptima fama de ejemplar conducta sacerdotal y de sólida doctrina. Especialmente el R D. José Yermo y Parres es estimado por su celo hacia toda clase de personas, y en particular hacia los pobres; es escuchado con placer y con fruto en sus predicaciones, como aseguran personas competentes alabándolo por su exacta y sólida doctrina. De aquello que se señala en la relación como cargo contra él no he sabido nunca nada y antes de culparlo, sería necesario saber si eso que hizo o se dice que él hizo, fue antes o después de su ordenación”. 6

En la diócesis de Puebla inicia la gran obra de la “Misericordia Cristiana”

A su llegada a la diócesis de Puebla fue bien acogido y comprendido por el Obispo Mons. Vargas y por el clero. Estos breves años de relativa paz, dedicado a la asistencia espiritual de los ancianos del Asilo Particular de Caridad y de las religiosas por él fundadas, le permitieron años de fuerte trabajo en la caridad con los pobres y en el ministerio sacerdotal. De hecho impartía también ejercicios espirituales al clero y a algunas comunidades religiosas femeninas. Pudo continuar con grande sentido de responsabilidad la formación de la Congregación de “Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y de los Pobres” hasta obtener en el año 1895 la aprobación diocesana del Instituto. Convocó dos Asambleas Generales y en el año de 1902 el primer Capítulo General de la Congregación. Hizo también todos los trámites requeridos para obtener la aprobación pontificia, la cual se obtuvo en el año 1907, poco después de su muerte.
La obra que lo hizo famoso en la ciudad de Puebla y en la república fue la que se llamó “La Misericordia Cristiana”. De hecho, animado de gran caridad y celo sacerdotal, en el año de 1894 realizó un maravilloso proyecto para la prevención y regeneración de las mujeres de mala vida.
En el proyecto sensibiliza, invita e implica la buena voluntad y colaboración no sólo de las hermanas, sino también de cada ciudadano sensible a estos valores cristianos y sociales. Fueron numerosísimos los que correspondieron a esta llamada y colaboraron con sus medios y con sus trabajos, estimulados por el entusiasmo y la ferviente caridad del Padre Yermo. Esta obra fue la primera que se estableció en la república, por lo cual las candidatas que voluntariamente se presentaban provenían de diversas ciudades de la nación.
La obra fue siempre floreciente, muy organizada y apreciada por personalidades civiles y eclesiásticas y de toda clase de personas. El Padre Yermo vivió hasta su muerte (1904) en esta casa, era el capellán. Superó numerosísimas penas con grande fortaleza y espíritu de fe.

Se interesa por la formación del clero

Tal parece que las fuerzas espirituales del Padre Yermo no se agotaban con el pasar de los años y con sus frecuentes enfermedades, que lo debilitaban, antes se multiplicaban por el ardiente celo apostólico que lo impulsaba a crear nuevas iniciativas de bien espiritual para el prójimo. De hecho, su dinamismo apostólico no se agotó en la fundación de la Congregación, en su formación espiritual y organizativa, en la grandiosa obra de “La Misericordia Cristiana”, además de su normal ministerio e intensa predicación, en el año 1896 encontró el tiempo para fundar y dirigir personalmente una revista sacerdotal con el fin preciso de continuar la formación del clero mediante el conocimiento y estudio de los documentos y orientaciones del magisterio eclesiástico, manifestando de este modo su amor por la Iglesia y por el Papa. El Visitador Apostólico de aquella época, Mons. Nicolás Averardi elogia la revista en estos términos: “Con mucho gusto vengo leyendo casi desde el principio “El Reproductor Eclesiástico Mexicano” que publica usted en esa ciudad; y veo con grandísima satisfacción los excelentes frutos que su lectura reporta de día en día al celoso Clero de esta República. Ventaja tan apreciable que no han podido menos de reconocer y aplaudir los Venerables Prelados Mexicanos. Y avalora más la oportunidad e importancia de “El Reproductor Eclesiástico Mexicano”, la circunstancia de contribuir en gran manera a estrechar cada día más los lazos de cariñosa y respetuosa adhesión que unen al estimable Clero mexicano con el Vicario Augusto de Jesucristo, único fundamento de la unidad de la Iglesia, y la de que las pequeñas utilidades que de esa apreciable publicación se recaudan, se invierten en ayudar y sostener la casa de “La Misericordia Cristiana” fundada y dirigida por usted, que por tantos títulos es digna de toda nuestra atención y de los piadosos esfuerzos de cuantos se precian de católicos en este religioso país”. 7
Además de ser estimado como un sacerdote de grande virtud y vida interior, de tener grande caridad con los pobres y de ser un orador elocuente, tenía también la fama de confesor de masones, por los cuales, para administrarles el perdón de Dios, no titubeó en poner en peligro su propia vida.

Sufrimientos y consuelos de los últimos años

Dispuesto ya al sufrimiento y a la total donación a Dios, buscando sólo su gloria, los últimos dos años de su vida (1903-1904) fueron particularmente dolorosos para el Padre Yermo: fue indignamente calumniado atribuyéndole un hijo con la usurpación indebida de sus apellidos con el fin de beneficiarse de sus bienes. El Padre Yermo prefirió sufrir silenciosamente tal injuria para imitar en todo a Jesús perseguido e injuriado. Sólo por la gloria de Dios sufrió tal martirio. Después de su muerte los calumniadores se desencadenaron con voracidad, pero nada obtuvieron porque la inocencia del Padre Yermo brilló siempre, y hoy más que nunca junto con su heroico amor a Dios y su humildad. De él el Padre Tomás Mas s.j. escribe inmediatamente después de su muerte: “El Padre Yermo fue uno de los ejemplos acabados del sacerdocio de Jesucristo, y de los apóstoles de la caridad evangélica. 8
Su excelente caballerosidad y alta cultura le conquistaron la general estimación de cuantos le trataban, sus notables aptitudes en la oratoria sagrada cautivaron siempre a sus auditorios, ganándose almas para el cielo; su eminente espíritu de caridad que llegó a tener sublimes manifestaciones con los inundados de León, le hicieron admirable entre católicos e impíos; la heroicidad con que supo llevar a feliz término su benéfica institución de “La Misericordia Cristiana” salvando a la orfandad de la miseria y del crimen, y en una palabra, haciendo el bien a la sociedad, le ha merecido en la historia el dictado de benemérito en la acepción más pura de la frase.
Y para que nada faltase a delinear la gran figura del discípulo de Jesús, la calumnia se esforzó constantemente por ser el fondo oscuro de donde se destacara, ilesa, la brillante majestad de su alma”.
Otro episodio que hirió profundamente al Padre Yermo, pero que aceptó con grande espíritu de fe y fortaleza de ánimo, viendo en ello la voluntad de Dios y un modo para seguir e imitar a Jesús en el sufrimiento, fue cuando el Arzobispo Mons. Ramón Ibarra y González, con cierta desconfianza, lo sustituyó en la dirección espiritual de las hermanas por él fundadas, nombrando otro confesor, después de largos años de prodigarse en tal ministerio de asistencia espiritual.

Tuvo también notables satisfacciones, por las cuales sentía grandísimo gozo y gratitud para con Dios y para con los hombres.
Después de largos años de alejamiento espiritual y relaciones un poco indiferentes con las hermanas que permanecían en el Calvario de León, bajo la dirección del doctor Rosendo Gutiérrez, finalmente en el año 1903 se restablece la primitiva unión de la Congregación. El Padre Yermo en aquellos años difíciles supo moverse con grande prudencia en las diversas circunstancias, y también fue muy intensa su oración dirigida a Dios para obtener esta gracia. Todas las dificultades con el Obispo Barón y con el doctor Gutiérrez se resolvieron y el Padre Yermo supo a su tiempo reconocer sus errores y perdonó generosamente toda ofensa.
Después de haber establecido doce florecientes obras de caridad con los pobres, atendidas por las hermanas por él fundadas, en las diócesis mexicanas de León, Puebla, Guadalajara, Yucatán. Tulancingo, Veracruz y Chihuahua, el Padre Yermo fundó en el año de su muerte (1904) la decimotercera obra, esta vez entre los indígenas de la Tarahumara del Norte de México. Fue una obra de notable importancia dirigida a la evangelización y promoción humana de los indígenas. El Padre Yermo, no obstante su débil salud se llegó personalmente hasta aquella zona impenetrable donde colocó y bendijo la primera piedra de la casa y dejó las primeras cuatro hermanas misioneras de la Congregación. El celo misionero del Padre Yermo y de las hermanas en aquella ocasión explotó en modo entusiasta.
Tuvo la gracia de celebrar el vigésimo quinto aniversario de su sacerdocio (25 agosto 1904), fue una fiesta de gozoso agradecimiento por la bondad de Dios y de los hombres para con él. En ese acontecimiento escribió una carta circular a las hermanas que puede definirse un himno de gratitud, en el cual alaba a Dios por su bondad y por todos aquellos que han contribuido a aumentar su felicidad con su presencia.

La santa muerte

La brevísima enfermedad que precedió a su muerte le llega en el momento en que estaba escribiendo para las hermanas, una carta circular sobre el amor y consagración a María en el quincuagésimo aniversario de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción.
Veinte días después de la celebración de su vigésimo quinto aniversario sacerdotal, después de ver cumplido su deseo de oír el canto del Ave Maris Stella, expiraba gozosamente en la ciudad de Puebla de los Ángeles. Eran las 4.40 de la mañana del día 20 de septiembre de 1904.
Impresionados por esta muerte gozosa, los presentes, sacerdotes y religiosas, y aquellos que acudieron luego de enterarse de su muerte, en un gesto espontáneo se reunieron en la capilla a cantar el Te Deum en acción de gracias por el don de su preciosa vida.

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