Las dificultades financieras eran reales, pero
ciertamente no por culpa de una mala administración, sino porque las
limosnas no eran suficientes para alimentar cientos de personas que
además eran asistidas en todas sus necesidades diariamente: recién
nacidos, niños y ancianos de ambos sexos, todos igualmente miserables.
Además la inundación había empobrecido grandemente la ciudad y por
consiguiente también la institución del Calvario, haciendo siempre más
difícil el equilibrio entre los gastos y los recursos disponibles.
La Providencia divina ayudó en modo verdaderamente
extraordinario al Padre Yermo. El cual a su vez no se dio reposo hasta
saldar todas las deudas de los primeros años de la fundación de la
Congregación. En la ciudad de Puebla, para pagar aquel déficit que había
dejado en el Calvario de León, se sometió a grandes sacrificios y
renuncias, y además a un intensísimo trabajo pastoral, en el cual llegó a
predicar algunas veces hasta siete sermones en un día en diversas
iglesias de la ciudad de Puebla. Por sus dotes oratorias era invitado
con frecuencia a la predicación.
Al Obispo Barón y Morales, desde la ciudad de Puebla,
el Padre Yermo le refiere en estos términos su difícil situación:
“Trabajo desde algunos meses sin descanso, por dar fin a negocios que me
tienen afligido, más que todo por las molestias y penas que a Vuestra
Señoría Ilustrísima han causado, sin mi voluntad. Para esto de enero a
la fecha he hecho cuatro viajes a México, no quedándome allí instalado,
por no aumentar mis gastos que he reducido hasta privarme de lo
necesario, pues quiero a costa de cualquier sacrificio salir de esta
situación (...) También espero que me aconseje V.S. Ilma. si será
conveniente, para apresurar el vencimiento de las dificultades que
tengo, que comisione, por ejemplo a D. Vicente Gómez, para que venda mis
libros y demás muebles, pues a eso y a todo lo que fuere necesario,
estoy dispuesto, indicándomelo V.S. Ilma. (...) 4
Con respecto a mis deudas, sujetándome a muy grandes economías y merced
a lo que voy reuniendo con mi predicación, en la que estoy casi
matándome, he logrado pagar una buena parte y yo confiadamente espero
que el Sagrado Corazón de Jesús me ayudará a cubrirlo todo, ya sea con
mi propio trabajo, o ya con lo que me quede al concluir la liquidación
de la testamentaría del señor mi padre, en lo que sigo trabajando y
aunque con lentitud, marcha adelante; está ahora al frente el Lic. Dn.
Pedro Bejarano. Constantemente estoy haciendo pagos y el de V.S. Ilma.
lo cubriré con toda preferencia, para lo cual suplico me haga el favor
de indicarme el monto.” 5
En la ciudad de Puebla el Padre Yermo fue perturbado
por un período de tiempo del sufrimiento por la candidatura al
episcopado por dos veces: en el año 1891 para la diócesis de
Tehuantepec, y en el año 1893 para la diócesis de Cuernavaca. Se sentía
indigno e incapaz de asumir semejante responsabilidad, aunque al mismo
tiempo estaba disponible. Mientras no supiera cual fuese la voluntad de
Dios se preparó con oración y con corazón abierto, y se alegró cuando
Dios, valiéndose de informaciones negativas sobre su conducta lo liberó
de tal responsabilidad. Las informaciones negativas fueron formuladas
principalmente por el mismo obispo Barón y Morales referentes a los años
difíciles de las incomprensiones y de los errores juveniles cometidos
por el Padre Yermo cuando todavía no era sacerdote. Hay que decir que
junto a los informes negativos, llegaron también a la Santa Sede los
positivos que fueron reconfirmados destruyendo toda duda al respecto:
“Por las noticias que tengo de personas muy considerables puedo asegurar
que tanto el R. D. José Yermo y Parres, como el R. D. Samuel Argüelles,
gozan de óptima fama de ejemplar conducta sacerdotal y de sólida
doctrina. Especialmente el R D. José Yermo y Parres es estimado por su
celo hacia toda clase de personas, y en particular hacia los pobres; es
escuchado con placer y con fruto en sus predicaciones, como aseguran
personas competentes alabándolo por su exacta y sólida doctrina. De
aquello que se señala en la relación como cargo contra él no he sabido
nunca nada y antes de culparlo, sería necesario saber si eso que hizo o
se dice que él hizo, fue antes o después de su ordenación”. 6
En la diócesis de Puebla inicia la
gran obra de la “Misericordia Cristiana”
A su llegada a la diócesis de Puebla fue bien acogido
y comprendido por el Obispo Mons. Vargas y por el clero. Estos breves
años de relativa paz, dedicado a la asistencia espiritual de los
ancianos del Asilo Particular de Caridad y de las religiosas por él
fundadas, le permitieron años de fuerte trabajo en la caridad con los
pobres y en el ministerio sacerdotal. De hecho impartía también
ejercicios espirituales al clero y a algunas comunidades religiosas
femeninas. Pudo continuar con grande sentido de responsabilidad la
formación de la Congregación de “Siervas del Sagrado Corazón de Jesús y
de los Pobres” hasta obtener en el año 1895 la aprobación diocesana del
Instituto. Convocó dos Asambleas Generales y en el año de 1902 el primer
Capítulo General de la Congregación. Hizo también todos los trámites
requeridos para obtener la aprobación pontificia, la cual se obtuvo en
el año 1907, poco después de su muerte.
La obra que lo hizo famoso en la ciudad de Puebla y
en la república fue la que se llamó “La Misericordia Cristiana”. De
hecho, animado de gran caridad y celo sacerdotal, en el año de 1894
realizó un maravilloso proyecto para la prevención y regeneración de las
mujeres de mala vida.
En el proyecto sensibiliza, invita e implica la buena
voluntad y colaboración no sólo de las hermanas, sino también de cada
ciudadano sensible a estos valores cristianos y sociales. Fueron
numerosísimos los que correspondieron a esta llamada y colaboraron con
sus medios y con sus trabajos, estimulados por el entusiasmo y la
ferviente caridad del Padre Yermo. Esta obra fue la primera que se
estableció en la república, por lo cual las candidatas que
voluntariamente se presentaban provenían de diversas ciudades de la
nación.
La obra fue siempre floreciente, muy organizada y
apreciada por personalidades civiles y eclesiásticas y de toda clase de
personas. El Padre Yermo vivió hasta su muerte (1904) en esta casa, era
el capellán. Superó numerosísimas penas con grande fortaleza y espíritu
de fe.
Se interesa por la formación del
clero
Tal parece que las fuerzas espirituales del Padre
Yermo no se agotaban con el pasar de los años y con sus frecuentes
enfermedades, que lo debilitaban, antes se multiplicaban por el ardiente
celo apostólico que lo impulsaba a crear nuevas iniciativas de bien
espiritual para el prójimo. De hecho, su dinamismo apostólico no se
agotó en la fundación de la Congregación, en su formación espiritual y
organizativa, en la grandiosa obra de “La Misericordia Cristiana”,
además de su normal ministerio e intensa predicación, en el año 1896
encontró el tiempo para fundar y dirigir personalmente una revista
sacerdotal con el fin preciso de continuar la formación del clero
mediante el conocimiento y estudio de los documentos y orientaciones del
magisterio eclesiástico, manifestando de este modo su amor por la
Iglesia y por el Papa. El Visitador Apostólico de aquella época, Mons.
Nicolás Averardi elogia la revista en estos términos: “Con mucho gusto
vengo leyendo casi desde el principio “El Reproductor Eclesiástico
Mexicano” que publica usted en esa ciudad; y veo con grandísima
satisfacción los excelentes frutos que su lectura reporta de día en día
al celoso Clero de esta República. Ventaja tan apreciable que no han
podido menos de reconocer y aplaudir los Venerables Prelados Mexicanos. Y
avalora más la oportunidad e importancia de “El Reproductor
Eclesiástico Mexicano”, la circunstancia de contribuir en gran manera a
estrechar cada día más los lazos de cariñosa y respetuosa adhesión que
unen al estimable Clero mexicano con el Vicario Augusto de Jesucristo,
único fundamento de la unidad de la Iglesia, y la de que las pequeñas
utilidades que de esa apreciable publicación se recaudan, se invierten
en ayudar y sostener la casa de “La Misericordia Cristiana” fundada y
dirigida por usted, que por tantos títulos es digna de toda nuestra
atención y de los piadosos esfuerzos de cuantos se precian de católicos
en este religioso país”. 7
Además de ser estimado como un sacerdote de grande
virtud y vida interior, de tener grande caridad con los pobres y de ser
un orador elocuente, tenía también la fama de confesor de masones, por
los cuales, para administrarles el perdón de Dios, no titubeó en poner
en peligro su propia vida.
Sufrimientos y consuelos de los
últimos años
Dispuesto ya al sufrimiento y a la total donación a
Dios, buscando sólo su gloria, los últimos dos años de su vida
(1903-1904) fueron particularmente dolorosos para el Padre Yermo: fue
indignamente calumniado atribuyéndole un hijo con la usurpación indebida
de sus apellidos con el fin de beneficiarse de sus bienes. El Padre
Yermo prefirió sufrir silenciosamente tal injuria para imitar en todo a
Jesús perseguido e injuriado. Sólo por la gloria de Dios sufrió tal
martirio. Después de su muerte los calumniadores se desencadenaron con
voracidad, pero nada obtuvieron porque la inocencia del Padre Yermo
brilló siempre, y hoy más que nunca junto con su heroico amor a Dios y
su humildad. De él el Padre Tomás Mas s.j. escribe inmediatamente
después de su muerte: “El Padre Yermo fue uno de los ejemplos acabados
del sacerdocio de Jesucristo, y de los apóstoles de la caridad
evangélica. 8
Su excelente caballerosidad y alta cultura le
conquistaron la general estimación de cuantos le trataban, sus notables
aptitudes en la oratoria sagrada cautivaron siempre a sus auditorios,
ganándose almas para el cielo; su eminente espíritu de caridad que llegó
a tener sublimes manifestaciones con los inundados de León, le hicieron
admirable entre católicos e impíos; la heroicidad con que supo llevar a
feliz término su benéfica institución de “La Misericordia Cristiana”
salvando a la orfandad de la miseria y del crimen, y en una palabra,
haciendo el bien a la sociedad, le ha merecido en la historia el dictado
de benemérito en la acepción más pura de la frase.
Y para que nada faltase a delinear la gran figura del
discípulo de Jesús, la calumnia se esforzó constantemente por ser el
fondo oscuro de donde se destacara, ilesa, la brillante majestad de su
alma”.
Otro episodio que hirió profundamente al Padre Yermo,
pero que aceptó con grande espíritu de fe y fortaleza de ánimo, viendo
en ello la voluntad de Dios y un modo para seguir e imitar a Jesús en el
sufrimiento, fue cuando el Arzobispo Mons. Ramón Ibarra y González, con
cierta desconfianza, lo sustituyó en la dirección espiritual de las
hermanas por él fundadas, nombrando otro confesor, después de largos
años de prodigarse en tal ministerio de asistencia espiritual.
Tuvo también notables satisfacciones, por las cuales
sentía grandísimo gozo y gratitud para con Dios y para con los hombres.
Después de largos años de alejamiento espiritual y
relaciones un poco indiferentes con las hermanas que permanecían en el
Calvario de León, bajo la dirección del doctor Rosendo Gutiérrez,
finalmente en el año 1903 se restablece la primitiva unión de la
Congregación. El Padre Yermo en aquellos años difíciles supo moverse con
grande prudencia en las diversas circunstancias, y también fue muy
intensa su oración dirigida a Dios para obtener esta gracia. Todas las
dificultades con el Obispo Barón y con el doctor Gutiérrez se
resolvieron y el Padre Yermo supo a su tiempo reconocer sus errores y
perdonó generosamente toda ofensa.
Después de haber establecido doce florecientes obras
de caridad con los pobres, atendidas por las hermanas por él fundadas,
en las diócesis mexicanas de León, Puebla, Guadalajara, Yucatán.
Tulancingo, Veracruz y Chihuahua, el Padre Yermo fundó en el año de su
muerte (1904) la decimotercera obra, esta vez entre los indígenas de la
Tarahumara del Norte de México. Fue una obra de notable importancia
dirigida a la evangelización y promoción humana de los indígenas. El
Padre Yermo, no obstante su débil salud se llegó personalmente hasta
aquella zona impenetrable donde colocó y bendijo la primera piedra de la
casa y dejó las primeras cuatro hermanas misioneras de la Congregación.
El celo misionero del Padre Yermo y de las hermanas en aquella ocasión
explotó en modo entusiasta.
Tuvo la gracia de celebrar el vigésimo quinto
aniversario de su sacerdocio (25 agosto 1904), fue una fiesta de gozoso
agradecimiento por la bondad de Dios y de los hombres para con él. En
ese acontecimiento escribió una carta circular a las hermanas que puede
definirse un himno de gratitud, en el cual alaba a Dios por su bondad y
por todos aquellos que han contribuido a aumentar su felicidad con su
presencia.
La santa muerte
La brevísima enfermedad que precedió a su muerte le
llega en el momento en que estaba escribiendo para las hermanas, una
carta circular sobre el amor y consagración a María en el quincuagésimo
aniversario de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción.
Veinte días después de la celebración de su vigésimo
quinto aniversario sacerdotal, después de ver cumplido su deseo de oír
el canto del Ave Maris Stella, expiraba gozosamente en la ciudad de
Puebla de los Ángeles. Eran las 4.40 de la mañana del día 20 de
septiembre de 1904.
Impresionados por esta muerte gozosa, los presentes,
sacerdotes y religiosas, y aquellos que acudieron luego de enterarse de
su muerte, en un gesto espontáneo se reunieron en la capilla a cantar el
Te Deum en acción de gracias por el don de su preciosa vida.
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