lunes, 4 de noviembre de 2013

Ni el poder del mal, ni nada puede separarnos del amor invencible de Dios manifestado en Cristo, recuerda el Papa


2013-11-04 Radio Vaticana
(RV).- (Con audio)  Esta mañana, a las once y media, en el Altar de la Cátedra de la Basílica papal de San Pedro, el Obispo de Roma presidió – como es tradicional al comienzo del mes de noviembre, marcado por el recuerdo y la oración por los fieles difuntos - la Santa Misa en sufragio por los Cardenales y Obispos que fallecieron en el curso del año. Nueve purpurados y 136 Arzobispos y Obispos de la Iglesia que peregrina en el mundo, a los que el Papa Francisco encomendó a la misericordia del Señor, por intercesión de la Virgen y de san José, para que los reciba en su reino de luz y de paz, donde viven eternamente los justos y los que han sido fieles testigos del Evangelio.
«Porque tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor», evocando estas palabras de san Pablo, en las que el Apóstol presenta el amor de Dios como el motivo más profundo e invencible de la confianza y de la esperanza cristiana, el Santo Padre, puso de relieve que sólo el pecado puede interrumpir estos lazos, pero también en este caso Dios busca al hombre para sanar esa unión que perdura después de la muerte, el amor fiel que Dios tiene para cada uno de nosotros nos ayuda a afrontar con serenidad y fortaleza el camino de todos los días:
«Incluso los poderes demoníacos hostiles al hombre, dejan impotentes frente a la íntima unión de amor entre Jesús y los que lo acogen con fe. Esta realidad del amor fiel que Dios tiene para cada uno de nosotros nos ayuda a afrontar con serenidad y fortaleza el camino de todos los días, que a veces es también lento y cansador. Sólo el pecado del hombre puede interrumpir este vínculo, pero incluso en este caso, Dios siempre buscará al hombre para restaurar con él una unión que perdura también después de la muerte. Aún más, una unión que en el encuentro definitivo con el Padre llega a su culmen. Esta certeza le da a la vida terrena un nuevo y pleno significado y nos abre a la esperanza para la vida más allá de la muerte».
Con el Libro de la Sabiduría, el Papa Francisco destacó que ante la muerte de un ser querido o que conocimos bien, nos preguntamos ¿qué será de su vida, de su trabajo, de su servicio a la Iglesia?, para responder «¡están en las manos de Dios!»:

«Estos pastores celosos que han dedicado su vidas al servicio de Dios y de los hermanos, están en las manos de Dios. Todo de ellos está custodiado y no quedará corroído por la muerte. Están en las manos de Dios sus días entretejidos de gozos y sufrimientos, de esperanzas y de fatigas, de fidelidad al Evangelio y de pasión por la salvación espiritual y material del rebaño que se les confió».
También nosotros estamos en las manos misericordiosas de Dios, manos llagadas de amor, como las de Jesús, nuestra fortaleza y esperanza:

«También nuestros pecados, están en las manos de Dios, manos que misericordiosas, manos "llagadas" por el amor. No es una casualidad que Jesús haya querido conservar las llagas en sus manos para hacernos sentir su misericordia. ¡Y esta es nuestra fuerza y ​​nuestra esperanza! Esta realidad, llena de esperanza, es la perspectiva de la resurrección final de la vida eterna, a la que están destinados "los justos", aquellos que acogen la Palabra de Dios y son dóciles a Su Espíritu.».

Recordando a nuestros queridos hermanos Cardenales y Obispos difuntos «hombres dedicados a su vocación y a su servicio a la Iglesia», que amaron como a una esposa, el Papa Francisco los encomendó a la misericordia divina para sean recibidos donde viven eternamente los justos y los que han sido fieles testigos del Evangelio, alentando a rezar para que el Señor nos prepare a todos a este encuentro.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Los santos no son superhombres, sino amigos de Dios que han vivido una vida normal y tienen la alegría en el corazón que transmiten a los demás, el Papa a la hora del ángelus

2013-11-01 Radio Vaticana
(RV).- (Con audio)  En una soleada Plaza de San Pedro y ante miles de fieles y peregrinos el Papa Francisco, antes de rezar el ángelus en la fiesta de Todos los Santos, afirmó que “la meta de nuestra existencia no es la muerte, sino el Paraíso. Y recordó que los Santos son los amigos de Dios, que han transcurrido su existencia terrena en comunión profunda con Dios, hasta el punto de llegar a ser semejantes a Él, porque han visto en el rostro de los hermanos más pequeños y despreciados el rostro de Dios, y ahora lo contemplan cara a cara en su belleza gloriosa.
El Santo Padre también afirmó que los Santos “no son superhombres, ni han nacido perfectos”. Sino que son personas que antes de alcanzar la gloria del cielo han vivido una vida normal, con alegrías y dolores, fatigas y esperanzas. Son hombres y mujeres que tienen la alegría en el corazón y la transmiten a los demás.
Francisco no olvidó destacar que ser santos “no es un privilegio de pocos, sino que es una vocación para todos”. De modo que todos estamos llamados a caminar por la vía de la santidad, que tiene un nombre y un rostro: Jesucristo.
Además, el Obispo de Roma preguntó ¿qué nos dicen los Santos, hoy? Y respondió afirmando que nos dicen que debemos confiar en el Señor, ¡porque Él no decepciona! A la vez que con su testimonio nos animan a “no tener miedo de ir contracorriente o de ser incomprendidos y escarnecidos cuando hablamos de Él y del Evangelio”.
Antes de rezar a la intercesión de María, Reina de todos los Santos, el Pontífice dijo que nuestra oración de alabanza a Dios y de veneración de los espíritus bienaventurados se une a la oración de sufragio por cuantos nos han precedido en el pasaje de este mundo a la vida eterna.
(María Fernanda Bernasconi – RV).

Texto completo de la alocución del Papa Francisco antes de rezar el ángelus
 Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
La fiesta de Todos los Santos, que hoy celebramos, nos recuerda que la meta de nuestra existencia no es la muerte, ¡es el Paraíso! Lo escribe el Apóstol Juan: “Aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3, 2). Los Santos, los amigos de Dios, nos aseguran que esta promesa no decepciona. En efecto, en su existencia terrena, han vivido en comunión profunda con Dios. En el rostro de los hermanos más pequeños y despreciados han visto el rostro de Dios, y ahora lo contemplan cara a cara en su belleza gloriosa.
Los Santos no son superhombres, ni han nacido perfectos. Son como nosotros, como cada uno de nosotros, son personas que antes de alcanzar la gloria del cielo han vivido una vida normal, con alegrías y dolores, fatigas y esperanzas. Pero ¿qué ha cambiado su vida? Cuando han conocido el amor de Dios, lo han seguido con todo el corazón, sin condiciones o hipocresías; han gastado su vida al servicio de los demás, han soportado sufrimientos y adversidades sin odiar y respondiendo al mal con el bien, difundiendo alegría y paz. Ésta es la vida de los Santos, personas que por el amor de Dios no han hecho su vida con condiciones a Dios, no han sido hipócritas, han gastado su vida al servicio de los demás, servir al prójimo, han sufrido tantas adversidades, pero sin odiar. Los Santos jamás han odiado. Porque, comprendan bien esto, el amor es de Dios, pero el odio, de quién viene, ¿viene de Dios el odio? ¡No, viene del diablo! Y los Santos se han alejado del diablo. Los Santos son hombres y mujeres que tienen la alegría en el corazón y la transmiten a los demás.
Jamás odiar, servir a los demás, a los más necesitados, rezar, y alegría. Este es el camino de la santidad. Ser Santos no es un privilegio de pocos, como si alguno hubiera recibido una gran herencia. Todos nosotros tenemos la herencia de poder llegar a ser Santos en el Bautismo. Es una vocación para todos. Por tanto, todos estamos llamados a caminar por la vía de la santidad, y esta vía tiene un nombre, la vía que lleva a la santidad tiene un nombre, tiene un rostro: el rostro de Jesús. Él nos enseña a llegar a ser Santos. Jesucristo, Él en el Evangelio nos muestra el camino: el de las Bienaventuranzas (Cfr. Mt 5, 1-12). En efecto, el Reino de los cielos es para cuantos no ponen su seguridad en las cosas, sino en el amor de Dios; para cuantos tienen un corazón sencillo, humilde, no presumen ser justos y no juzgan a los demás, cuantos saben sufrir con quien sufre y alegrarse con quien se alegra, no son violentos sino misericordiosos y tratan de ser artífices de reconciliación y de paz. Esto último, eh, el santo, la santa, es un artífice de reconciliación y de paz. Siempre ayuda a reconciliar a la gente, siempre ayuda a que exista la paz. Y así es bella la santidad. Es un bello camino.
Hoy lo Santos nos dan un mensaje en esta fiesta. Nos dicen: ¡confíen en el Señor, porque Él no decepciona! ¡El Señor no decepciona jamás! Es un buen amigo. Siempre a nuestro lado. ¡No decepciona jamás! Con su testimonio los Santos nos animan a no tener miedo de ir contracorriente o de ser incomprendidos y escarnecidos cuando hablamos de Él y del Evangelio; nos demuestran con su vida que quien permanece fiel a Dios y a su Palabra experimenta ya en esta tierra el consuelo de su amor, y después el “céntuplo” en la eternidad. Esto es lo que esperamos y pedimos al Señor por nuestros hermanos y hermanas difuntos.
Con sabiduría la Iglesia ha puesto en estrecha secuencia la fiesta de Todos los Santos y la Conmemoración de todos los fieles difuntos. A nuestra oración de alabanza a Dios y de veneración de los espíritus bienaventurados se une la oración de sufragio por cuantos nos han precedido en el pasaje de este mundo a la vida eterna.
Encomendamos nuestra oración a la intercesión de María, Reina de Todos los Santos.
Las víctimas de la violencia, los cristianos perseguidos y los hermanos y hermanas migrantes muertos en el desierto de Nigeria, entre ellos numerosos niños, en el corazón y la oración del Papa,
como dijo él mismo, después del rezo a la Madre de Dios, en la solemnidad de Todos los Santos, víspera de la conmemoración de Todos los Fieles Difuntos, anunciando que por la tarde irá al cementerio romano del Campo Verano: 
«Esta tarde iré al cementerio del Verano y allí celebraré la Santa Misa, uniéndome espiritualmente a cuantos en estos días visitan los cementerios, donde duermen los que nos han precedido en el signo de la fe y esperan el día de la resurrección. En particular, rezaré por las víctimas de la violencia, especialmente por los cristianos que han perdido la vida a causa de las persecuciones. En especial rezaré por cuantos, hermanos y hermanas nuestras, hombres mujeres y niños, han muerto de sed, hambre y fatiga en el trayecto para lograr llegar a una condición de vida mejor: en estos días hemos visto las imágenes del cruel desierto. Recemos todos en silencio una oración por estos hermanos y hermanas nuestros».
Las imágenes del cruel desierto, citadas por el Obispo de Roma son las de la muerte de 92 migrantes, entre ellos 52 niños, cuyos cuerpos sin vida fueron encontrados en días pasados en el desierto nigeriano, a unos diez kilómetros de la frontera con Argelia.
El Papa Francisco saludó cordialmente a los numerosos fieles romanos y peregrinos presentes en la Plaza de San Pedro, en particular a las familias, grupos parroquiales y asociaciones. Así como a los participantes en la «Carrera de los Santos», que también este año, coincidiendo con la solemnidad de Todos los Santos, tuvo su meta final en la Plaza de San Pedro, para rezar con el Santo Padre, escuchar sus palabras y recibir su bendición: 
Dirijo un caluroso saludo a cuantos han participado esta mañana en la ‘Carrera de los Santos’, organizada por la Fundación ‘Don Bosco en el mundo’. San Pablo diría que toda la vida es una ‘carrera’ para conquistar el premio de la santidad: ¡ustedes nos dan un buen ejemplo!
Esta sexta edición, de la iniciativa promovida por la Fundación Don Bosco en el Mundo, para sostener cada año un proyecto solidario, contó con unos seis mil participantes, de 31 países. Este año, con el lema «Una ayuda para los confines del mundo», se propone ayudar un proyecto misionero en las Islas Salomón. Con la creación de un puesto móvil de asistencia sanitaria y de formación de personal sanitario para combatir enfermedades como el VIH – virus de inmunodeficiencia - la malaria, la tuberculosis y especialmente la Bakwa, que es una grave infección fúngica cutánea, difundida en las islas más remotas del archipiélago, las Shortlands.
Con su nombre y con la fecha elegida – 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos - esta carrera anhela impulsar y afianzar el significado de la fiesta y devoción popular a Todos los Santos. Poner en primer plano una emergencia de ayuda humanitaria para organizar acciones concretas de solidaridad activa. Y proponer los valores del deporte según la tradición educativa salesiana.
En las pasadas ediciones, se recogieron fondos para las ‘Obras Mamá Margarita’ de Lubumbashi, en el Congo. Para sostener un proyecto misionero en favor de los niños soldado de Sri Lanka. Ayudas para Pakistán y Haití, donde después de una primera fase de abastecimiento para las necesidades inmediatas de supervivencia – gracias a la entrega de alimentos, como harina y aceite, lentejas, azúcar, té y medicinas, el proyecto se propuso ayudar a las familias damnificadas por el trágico terremoto a volver a contar con un techo y a reanudar las actividades que tuvieron que abandonar. El año pasado, se ayudó el proyecto de una casa de acogida para chicos y chicas de la calle, en Porto Alegre, Brasil.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Siéntanse amados por el Señor y también por tantas personas buenas


2013-09-22 Radio Vaticana
(RV).- (Con audio)  “En sus rostros veo fatiga, pero veo también esperanza. Siéntanse amados por el Señor, y también por tantas personas buenas, que con sus oraciones y con sus obras, ayudan a aliviar los sufrimientos del prójimo. Yo me siento en casa aquí entre ustedes”, expresó el Obispo de Roma en el encuentro en la Catedral de Cerdeña, con los pobres y carcelados asistidos por Cáritas, en su peregrinación del 22 de setiembre a la Virgen del Buen Aire.
Dijo inmediatamente que somos todos hermanos, que no hay uno mejor que otro y que él único Padre es nuestro Padre celeste, y el único Maestro es Jesucristo. ¡Mirémoslo a Él!, invitó. Esto nos da tanta fuerza, tanto consuelo en nuestras fragilidades, en nuestras miserias y en nuestras dificultades”.
“Mirando a Jesús nosotros vemos que Él ha elegido el camino de la humildad y del servicio. Es más, Él mismo en persona es este camino: “Yo soy el camino” - dijo a los discípulos. Jesús no fue indeciso, no fue indiferente: hizo una elección y la llevó adelante hasta el final. Eligió hacerse hombre, y como hombre de hacerse siervo, hasta la muerte en la cruz. Éste es el camino de la caridad. Por ello vemos que la caridad no es asistencialismo: es una elección de vida, es un modo de ser, de vivir; es el camino de la humildad y de la solidaridad. La humildad de Cristo no es un moralismo, un sentimiento. La humildad de Cristo es real, es la elección de ser pequeño, de estar con los pequeños, con los excluidos, de estar entre nosotros, pecadores. Pero atención, ¡no es una ideología! Es un modo de ser y de vivir que parte del amor, que parte del corazón de Dios Padre”.
Seguidamente Papa Francisco dijo hablando de Jesús, que no basta mirar, ¡hay que seguir! Jesús es el camino, y un camino sirve para transitar, para recorrer. Entonces, ante todo yo quiero agradecer al Señor –dijo, por su empeño en el seguirlo, también en la fatiga, en el sufrimiento, entre las paredes de una cárcel. ¡Sigamos teniendo fe en Él, donará a su corazón esperanza y alegría!
El Sucesor de Pedro afirmó que no podemos seguir a Jesús en el camino de la caridad si no nos queremos primero que todo entre nosotros, si no nos esforzamos en colaborar, en comprendernos recíprocamente y en perdonarnos, reconociendo cada uno los propios límites y los propios errores. “¡Debemos hacer las obras de misericordia con misericordia! ¡Las obras de caridad con caridad, con ternura, y siempre con humildad! ¿Saben? ¡A veces también se encuentra la arrogancia en el servicio a los pobres! Algunos se hacen lindos, se llenan la boca con los pobres; algunos instrumentalizan a los pobres por intereses personales o del propio grupo. ¡Lo sé, esto es humano, pero no va bien! Y digo más: ¡esto es pecado! ¡Un pecado grave! ¡Sería mejor que estas personas se quedaran en casa!”
El Vicario de Cristo dijo que siguiendo a Cristo en el camino de la caridad sembramos esperanza. Como Iglesia todos tenemos una responsabilidad fuerte que es aquella de sembrar la esperanza con obras de solidaridad, buscando siempre de colaborar en el mejor modo con las instituciones públicas, en el respeto de las respectivas competencias. “La Caritas es expresión de la comunidad, y la fuerza de la comunidad cristiana es hacer crecer la sociedad desde el interno, como la levadura. Pienso en sus iniciativas con los detenidos en las cárceles, pienso al voluntariado de muchas asociaciones, a la solidaridad con las familias que sufren de más a causa de la falta de trabajo. En esto les digo: ¡Coraje! ¡No se dejen robar la esperanza y vayan hacia adelante! ¡Gracias, queridos amigos! Los bendigo a todos, junto con sus familias”.
(Jesuita Guillermo Ortiz – RV).

Texto completo del discurso del Papa Francisco
Queridos hermanos y hermanas,
Gracias a todos por estar aquí, hoy. En sus rostros veo fatiga, pero también veo esperanza. Siéntanse amados por el Señor, y también por tantas personas buenas, que con sus oraciones y con sus obras, ayudan a aliviar los sufrimientos del prójimo. Yo me siento en casa aquí. Y espero que también ustedes se sientan en casa en esta Catedral: como se dice en América Latina, “esta casa es su casa”. Es su casa.
Aquí sentimos en modo fuerte y concreto que somos todos hermanos. Aquí el único Padre es nuestro Padre celeste, y el único Maestro es Jesucristo. Entonces la primera cosa que querría compartir con ustedes es justamente esta alegría de tener a Jesús como Maestro, como modelo de vida. ¡Mirémoslo a Él! Esto nos da tanta fuerza, tanto consuelo en nuestras fragilidades, en nuestras miserias y en nuestras dificultades. Todos nosotros tenemos dificultades, todos. Todos los que estamos aquí tenemos dificultades. Todos los que estamos aquí, todos, tenemos miserias. Y todos tenemos fragilidad. Ninguno aquí es mejor que el otro, todos somos iguales ante el Padre. Todos.
Y mirando a Jesús nosotros vemos que Él ha elegido el camino de la humildad y del servicio. Es más, Él mismo en persona es este camino. Jesús no fue indeciso, no fue indiferente: hizo una elección y la llevó adelante hasta el final. Eligió hacerse hombre, y como hombre hacerse siervo, hasta la muerte en la cruz. Éste es el camino del amor, no hay otro. Por ello vemos que la caridad no es un simple asistencialismo, y menos aún, un asistencialismo para tranquilizar conciencias, no, eso no es amor, ¡eso es negocio! El amor es gratuito. La caridad, el amor, es una elección de vida, es un modo de ser, de vivir; es el camino de la humildad y de la solidaridad. No hay otro camino para este amor: ser humildes y solidarios. Esta palabra “solidaridad”, en esta cultura del descarte – lo que no sirve, se tira – para quedar sólo quienes se sienten justos, que se sienten puros, que se sienten limpios, pobrecillos. Esta palabra “solidaridad” corre el riesgo de ser cancelada del diccionario. Porque es una palabra que da fastidio, porque te obliga a mirar al otro y a darte al otro con amor. Es mejor cancelarla del diccionario. Y nosotros ¡no!, nosotros decimos: ¡éste es el camino! La humildad y la solidaridad ¿por qué? ¿La inventamos nosotros los sacerdotes? ¡No! ¡Es de Jesús, Él la dijo! Y queremos ir por este camino. La humildad de Cristo no es un moralismo, un sentimiento.
La humildad de Cristo es real, es la elección de ser pequeño, de estar con los pequeños, con los excluidos, de estar entre nosotros, pecadores. Pero atención, ¡no es una ideología! Es un modo de ser y de vivir que parte del amor, que parte del corazón de Dios Padre.
Ésta es la primera cosa, y me gusta tanto hablar de ella con ustedes. Miremos a Jesús: Él es nuestra alegría, pero también nuestra fuerza, nuestra certeza, porque es el camino seguro: humildad, solidaridad, servicio. No hay otro camino. En la estatua de Nuestra Señora de Bonaria Cristo aparece entre los brazos de María. Ella, como buena madre, nos lo indica, nos dice de tener confianza en Él.
Pero no basta mirar, ¡hay que seguir! Y éste es el segundo aspecto. Jesús no ha venido al mundo a hacer un desfile, para hacerse ver. No, no ha venido para esto. Jesús es el camino, y un camino sirve para transitar, para recorrer. Entonces, ante todo yo quiero agradecer al Señor por su empeño en el seguirlo, también en la fatiga, en el sufrimiento, entre las paredes de una cárcel. ¡Sigamos teniendo fe en Él, donará a su corazón esperanza y alegría! Quiero agradecerle por todos ustedes que se dedican generosamente, aquí en Cagliari y en toda la Cerdeña, a las obras de misericordia. Deseo animarles a continuar en este camino, a avanzar juntos, tratando de conservar ante todo la caridad entre ustedes. Esto es muy importante. No podemos seguir a Jesús en el camino de la caridad si no nos queremos, primero que todo, entre nosotros, si no nos esforzamos en colaborar, en comprendernos recíprocamente y en perdonarnos, reconociendo cada uno los propios límites y los propios errores. ¡Debemos hacer las obras de misericordia pero con misericordia! Con el corazón. ¡Las obras de caridad con caridad, con ternura, y siempre con humildad! ¿Saben? ¡A veces también se encuentra la arrogancia en el servicio a los pobres! Estoy seguro de que ustedes la han visto. La arrogancia en el servicio a quienes necesitan de nuestro servicio. Algunos se hacen “lindos”, se llenan la boca con los pobres; algunos instrumentalizan a los pobres por intereses personales o del propio grupo. ¡Lo sé, esto es humano, pero no va bien! No es de Jesús esto. Y digo más: ¡esto es pecado! Es un pecado grave, porque es “usar” a los necesitados, a los que necesitan, que son la carne de Jesús, para “mi vanidad”. ¡Esto es pecado grave! ¡Sería mejor que estas personas se quedaran en casa!
Pues: seguir a Jesús en el camino de la caridad, ir con Él a las periferias existenciales. “¡La caridad de Jesús es una urgencia!”, escribía San Pablo (Cfr. 2 Co 5, 14) Para el buen Pastor lo que está lejano, periférico, lo que está apartado y despreciado es objeto de un cuidado mayor, y la Iglesia no puede que hacer suya esta predilección y esta atención. En la Iglesia los primeros, son aquellos que tienen más necesidad: humana, espiritual, material. Más necesidad.
Siguiendo a Cristo en el camino de la caridad, nosotros sembramos esperanza. Sembrar esperanza. Ésta es la tercera convicción que me gusta compartir con ustedes. La sociedad italiana tiene hoy mucha necesidad de esperanza y Cerdeña de modo particular. Quien tiene responsabilidades políticas y civiles tiene la propia tarea, que como ciudadanos hace falta sostener de modo activo. Algunos miembros de la comunidad cristiana son llamados a empeñarse en este campo de la política, que es una forma alta de caridad, como decía Pablo VI. Pero como Iglesia todos tenemos una responsabilidad fuerte que es aquella de sembrar la esperanza con obras de solidaridad, buscando siempre de colaborar en el mejor modo con las instituciones públicas, en el respeto de las respectivas competencias. La Caritas es expresión de la comunidad, y la fuerza de la comunidad cristiana es hacer crecer la sociedad desde el interno, como la levadura. Pienso en sus iniciativas con los detenidos en las cárceles, pienso al voluntariado de muchas asociaciones, a la solidaridad con las familias que sufren de más a causa de la falta de trabajo. En este les digo: ¡Coraje! ¡No se dejen robar la esperanza y vayan hacia adelante! Que no se la roben, al contrario, ¡sembrar esperanza! ¡Gracias, queridos amigos! Los bendigo a todos, junto con sus familias.

“Que no nos roben la mirada de María, que está llena de ternura”, dice el Papa en su homilía en el Santuario de Nuestra Señora de Bonaria


2013-09-22 Radio Vaticana
(RV).- (Con audio) El Papa Francisco celebró esta mañana la Santa Misa en el Santuario de Nuestra Señora de Bonaria, vinculado de modo especial a su ciudad natal de Buenos Aires al que debe su nombre. Fuera de la basílica el Pontífice mantuvo un encuentro con las autoridades civiles, y otro con los enfermos.
Durante la Misa, al término de la Comunión el Papa se dirigió ante la imagen de la Virgen de Bonaria para realizar un acto de consagración a María, ofreciendo un homenaje floral e incensando la estatua mientras se cantaba el himno Madre Santa.
(MFB – RV).
En su homilía, el Sucesor de Pedro dijo: 
Texto completo de la homilía del Santo Padre:

Sa paghe ‘e Nostru Segnore siat sempre chin bois Que la Paz de Nuestro Señor esté siempre con ustedes
Hoy se realiza aquel deseo que había anunciado en la Plaza de San Pedro, antes del verano, de poder visitar el Santuario de Nuestra Señora del Bonaria.
Vine para compartir con ustedes, gozo y esperanza, fatigas y compromisos, ideales y aspiraciones de su isla, y para confirmarlos en la fe. También aquí en Cágliari, como en toda Cerdeña, no faltan dificultades, problemas y preocupaciones, y son tantos: pienso, en particular, en la falta de trabajo y en la precariedad del mismo, y por lo tanto en la incertidumbre del futuro. Cerdeña, su bella región, sufre desde hace mucho tiempo, muchas situaciones de pobreza, acentuadas también por su condición insular. Es necesaria la colaboración leal de parte de todos, con el compromiso de los responsables de las instituciones, también de la Iglesia, para asegurar a las personas y familias los derechos fundamentales y hacer crecer una sociedad más fraterna y solidaria. Asegurar el derecho al trabajo, el derecho a llevar el pan a la casa. Pan ganado con el trabajo. Les estoy muy cercano, los recuerdo en la oración y los aliento a perseverar en el testimonio de los valores, humanos y cristianos, tan profundamente arraigados en la fe y en la historia de este territorio y de su población. “Mantengan siempre encendida la luz de la esperanza”.
He venido en medio de ustedes para ponerme con ustedes a los pies de la Virgen que nos da a su Hijo. Se bien que María, Nuestra Madre, está en sus corazones, como testimonia este Santuario, donde muchas generaciones de sardos han subido – ¡y continuarán subiendo! – para invocar la protección de la Virgen de “Bonaria”, Patrona Máxima de la isla. Aquí ustedes traen las alegrías y sufrimientos de esta tierra, de sus familias, y también de aquellos hijos que viven lejos, que muchas veces partieron con gran dolor y nostalgia para buscar un trabajo y un futuro para ellos y para sus seres queridos. Hoy, todos nosotros aquí reunidos, queremos agradecer a María, porque nos está siempre cercana, queremos renovarle a ella nuestra confianza y nuestro amor.
La Primera Lectura que hemos escuchado nos muestra a María en oración en el Cenáculo, junto a los Apóstoles, en espera de la efusión del Espíritu Santo (Cfr. Hc 1, 12-14). María reza, reza junto a la Comunidad de los Discípulos y nos enseña a tener plena confianza en Dios, en su misericordia. ¡La potencia de la Oración! No nos cansemos de llamar a la puerta de Dios. ¡Llevemos al corazón de Dios a través de María, toda nuestra vida, cada día!
En cambio, en el Evangelio, acogemos sobre todo la última mirada de Jesús hacia su Madre. Desde la cruz, Jesús mira a su Madre y a ella le confía el Apóstol Juan, diciendo: “Éste es tu Hijo”. En Juan estamos todos, también nosotros, y la mirada de Amor de Jesús nos confía a la custodia materna de la Madre. María habrá recordado otra mirada de Amor, cuando era una jovencita: la mirada de Dios Padre, que había mirado su humildad, su pequeñez. María nos enseña que Dios no nos abandona, puede hacer grandes cosas también con nuestra debilidad. ¡Tengamos confianza en Él! Llamemos a la puerta de su corazón.
Y el tercer pensamiento: hoy he venido en medio de ustedes, es más, hemos venido todos juntos para encontrar la mirada de María, porque allí está el reflejo de la mirada del Padre que la hace Madre de Dios, y la mirada del Hijo desde la cruz, que la hace Madre nuestra. Y con aquella mirada hoy María nos mira. Tenemos necesidad de su mirada de ternura, de su mirada materna que nos conoce mejor que cualquier otro, de su mirada llena de compasión y de cuidado. María, hoy queremos decirte: ¡Madre, danos tu mirada! Tu mirada nos lleva a Dios, tu mirada es un don del Padre bueno, que nos espera en cada encrucijada de nuestro camino. Es un don de Jesucristo en la cruz, que carga sobre sí nuestros sufrimientos, nuestras fatigas, nuestros pecados. Y para encontrar este Padre, lleno de amor, hoy le decimos: ¡Madre, danos tu mirada! Lo decimos todos juntos: ¡Madre, danos tu mirada!
En el camino, muchas veces difícil, no estamos solos, somos tantos, somos un pueblo, y la mirada de la Virgen, nos ayuda a mirarnos entre nosotros de modo fraterno. ¡Mirémonos de un modo más fraterno! María nos enseña a tener esa mirada que busca acoger, acompañar, proteger. ¡Aprendamos a mirarnos, los unos a los otros, bajo la mirada materna de María! Hay personas que instintivamente no tenemos en cuenta, y que sin embargo tienen más necesidad: Los más abandonados, los enfermos, aquellos que no tienen de qué vivir, aquellos que no conocen a Jesús, los jóvenes que están en dificultad, que no tienen trabajo. No tengamos miedo de salir y mirar a nuestros hermanos y hermanas con la mirada de la Virgen. Ella nos invita a ser verdaderos hermanos. Y no permitamos que alguna cosa o alguno se interponga entre nosotros y la mirada de la Virgen. ¡Madre, danos tu mirada! ¡Que ninguno nos esconda tu mirada! Nuestro corazón de hijos sepa defenderla de tantas palabras que prometen ilusiones; de aquellos que tienen una mirada ávida de vida fácil, de promesas que no se pueden cumplir. Que no nos roben la mirada de María, que está llena de ternura. Que nos da fuerza, que nos hace solidarios entre nosotros. Digamos todos: ¡Madre, danos tu mirada!
Nostra Segnora ‘e Bonaria bos acumpanzet sempre in sa vida. ¡Madre, danos tu mirada! Que Nuestra Señora de Bonaria los acompañe siempre en sus vidas.

Como un soplo sobre las brasas


2013-09-21 L’Osservatore Romano
“Una mirada que te lleva a crecer, a ir adelante; que te alienta porque te hace sentir que Él te quiere”; que da el valor necesario para seguirle. Se centró en las miradas de Jesús la meditación del Papa Francisco durante la misa en Santa Marta de este sábado 21 de septiembre por la mañana. Es una fecha fundamental en la biografía de Jorge Mario Bergoglio, porque al día de la fiesta litúrgica de san Mateo de hace sesenta años -era el 21 de septiembre de 1953- él remonta su propia elección de vida. Tal vez también por esto, comentando el relato de la conversión del evangelista (Mateo 9, 9-13), el Pontífice subrayó el poder de las miradas de Cristo, capaces de cambiar para siempre la vida de aquellos sobre quienes se posan.
Precisamente como ocurrió para el recaudador de impuestos que se convirtió en su discípulo: “Para mí es un poco difícil entender cómo Mateo pudo oír la voz de Jesús”, que en medio de muchísima gente dice “sígueme”. Es más, el Obispo de Roma no está seguro de que el llamado haya oído la voz del Nazareno, pero tiene la certeza de que “sintió en su corazón la mirada de Jesús que le contemplaba. Y aquella mirada es también un rostro” que “le cambió la vida. Nosotros decimos: le convirtió”. Después hay otra acción descrita en la escena: “En cuanto oyó en su corazón aquella mirada, él se levantó y lo siguió”. Por esto el Papa hizo notar que “la mirada de Jesús nos levanta siempre; nos eleva”, nos alza; nunca nos “deja ahí” donde estábamos antes de encontrarle. Ni tampoco quita algo: “Nunca te abaja, nunca te humilla, te invita a alzarte”, y haciendo oír su amor da el valor necesario para poderle seguir.
He aquí entonces el interrogante del Papa: “Pero ¿cómo era esta mirada de Jesús?”. La respuesta es que “no era una mirada mágica”, porque Cristo “no era un especialista en hipnosis”, sino algo muy distinto. Basta pensar en “cómo miraba a los enfermos y los curaba” o en “cómo miraba a la multitud que le conmovía, porque la sentía como ovejas sin pastor”. Y sobre todo, según el Santo Padre, para tener una respuesta al interrogante inicial es necesario reflexionar no sólo en “cómo miraba Jesús”, sino también en “cómo se sentían mirados” los destinatarios de aquellas miradas. Porque -explicó- “Jesús miraba a cada uno” y “cada uno se sentía mirado por Él”, como si llamara a cada uno por su proprio nombre.
Por esto la mirada de Cristo “cambia la vida”. A todos y en toda situación. También -añadió el Papa Francisco- en los momentos de dificultad y de desconfianza. Como cuando pregunta a sus discípulos: ¿también vosotros queréis iros? Lo hace mirándoles “a los ojos y ellos han recibido el aliento para decir: no, vamos contigo”; o como cuando Pedro, tras haber renegado de Él, encontró de nuevo la mirada de Jesús “que le cambió el corazón y le llevó a llorar con tanta amargura: una mirada que cambiaba todo”. Y finalmente está “la última mirada de Jesús”, aquella con la que, desde lo alto de la cruz, “miró a su mamá, miró al discípulo”: con aquella mirada “nos dijo que su mamá era la nuestra: y la Iglesia es madre”. Por este motivo “nos hará bien pensar, orar sobre esta mirada de Jesús y también dejarnos mirar por Él”.
El Papa Francisco volvió a la escena evangélica, que prosigue con Jesús sentado a la mesa con publicanos y pecadores. “Se corrió la voz y toda la sociedad, pero no la sociedad 'limpia', se sintió invitada a aquel almuerzo”, comentó el Santo Padre, porque “Jesús les había mirado y esa mirada sobre ellos fue como un soplo sobre las brasas; sintieron que había fuego dentro”; y experimentaron también “que Jesús les hacía subir”, les alzaba, “les devolvía a la dignidad”, porque “la mirada de Jesús siempre nos hace dignos, nos da dignidad”.
Finalmente el Papa identificó una última característica en la mirada de Jesús: la generosidad. Es un maestro que come con la suciedad de la ciudad, pero que sabe también cómo “bajo aquella suciedad estaban las brasas del deseo de Dios”, deseosas de que alguno las “ayudara a prenderse fuego”. Y esto es lo que hace precisamente “la mirada de Jesús”: entonces como hoy. “Creo que todos nosotros en la vida -dijo el Papa Francisco- hemos sentido esta mirada y no una, sino muchas veces. Tal vez en la persona de un sacerdote que nos enseñaba doctrina o nos perdonaba los pecados, tal vez en la ayuda de personas amigas”. Y sobre todo “todos nosotros nos encontraremos ante esa mirada, esa mirada maravillosa”. Por esto vayamos “adelante en la vida, en la certeza de que Él nos mira y nos espera para mirarnos definitivamente. Y esa última mirada de Jesús sobre nuestra vida será para siempre, será eterna”. Para hacerlo se puede pedir ayuda en la oración a todos “los santos que fueron mirados por Jesús”, a fin de que “nos preparen para dejarnos mirar en la vida y nos preparen también para esa última mirada de Jesús”.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Jornada de ayuno por Siria: 'Sin miedo, propongan a sus hijos una comida austera'

 

Mensaje del presidente del Consejo Pontificio para la Familia. La invitación del papa 'debe ser atendida con gran seriedad y compromiso por todos nosotros'

Ciudad del Vaticano, (Zenit.org)    

Monseñor Vincenzo Paglia, presidente del Consejo pontificio para la Familia ha publicado un sencillo pero muy profundo llamamiento a todas las familias para que participen en la jornada de ayuno y oración este sábado 7 de septiembre, para pedir por la paz en Siria, Oriente Medio y el mundo entero convocada por el papa Francisco.
Monseñor Paglia advierte que la invitación del papa "debe ser atendida con gran seriedad y compromiso por todos nosotros". Recuerda que "las imágenes que han dado la vuelta al mundo y las continuas trágicas noticias interpelan nuestro corazón, nuestra inteligencia, nuestra fe. Por eso los invito a acoger la propuesta del papa y a hacer también en su hogar un gesto de ayuno y oración".
Se dirige a los padre y les pide que "no tengan miedo de proponer a sus hijos una comida austera y mínima; será motivo para explicarles lo que está sucediendo en el mundo y cómo estos hechos terribles no nos pueden dejar indiferentes. Junto a la dureza de la crónica, no olviden comunicarles la esperanza de la paz ofrecida por Cristo Resucitado, que nos ha reconciliado con el mundo no con gestos violentos y de venganza, sino con el don de sí mismo".
Así mismo señala que no se debe olvidar "invitar a los abuelos y ancianos a esta comida, hecha con poco alimento y muchas palabras; si alguno de ellos ha experimentado momentos de guerra, puede contar lo que significa vivir bajo las bombas y en la incertidumbre del mañana y cómo rezaban en esos días".
También aprovecha la ocasión para dirigirse a los jóvenes. A ellos les dice que "no se quejen si el sábado no habrá mucha comida en la mesa, sino den gracias a sus padres por lo que les ofrecen, pídanles explicaciones y motivos por los que vale la pena seguir viviendo en esta tierra marcada con demasiada frecuencia por luchas y violencia".
"¡Juntos, en la mesa, para rezar!", finaliza el mensaje del presidente del Consejo pontificio para la Familia. Y concluye pidiendo: "por las familias de Siria, por los niños que mueren cada día por odio y por hambre, por los gobernantes llamados a encontrar soluciones de paz y no violentas. La lectura de un salmo, de una página evangélica, un misterio del Rosario, oraciones espontáneas hechas en voz alta, un simple canto; cada familia elija el modo que mejor le parezca para interceder, para ponerse en medio entre el misterio del mal que marca nuestra historia y el Dios de la paz que la sana y la salva".

miércoles, 4 de septiembre de 2013

Reflexión Espiritual

Del libro de la Imitación de Cristo (Libro 3; cap. 3)

Escucha, hijo mío, mis palabras, palabras suavísimas, que trascienden toda la ciencia de los filósofos y letrados de este mundo. Mis palabras son espíritu y son vida, y no se pueden ponderar partiendo del criterio humano. No deben usarse con miras a satisfacer la vana complacencia, sino oírse en silencio, y han de recibirse con humildad y gran afecto del corazón. [...]

Pero muchos se hacen sordos a mi palabra y se endurecen en su corazón. Los más oyen de mejor grado al mundo que a Dios, y más fácilmente siguen las apetencias de la carne que el beneplácito divino. [...] Y, ciertamente, a veces quedan fallidas sus esperanzas; en cambio, mi promesa a nadie engaña ni deja frustrado al que funda su confianza en mí.Yo daré lo que tengo prometido, lo que he dicho lo cumpliré. Pero a condición de que mi siervo se mantenga fiel hasta el fin. Yo soy el remunerador de todos los buenos, así como el fuerte que somete a prueba a todos los que llevan una vida de intimidad conmigo.

Graba mis palabras en tu corazón y medítalas una y otra vez con diligencia, porque tendrás gran necesidad de ellas en el momento de la tentación. Lo que no entiendas cuando leas lo comprenderás el día de mi visita.

Porque de dos medios suelo usar para visitar a mis elegidos: la tentación y la consolación. Y dos lecciones les doy todos los días: una consiste en reprender sus vicios, otra en exhortarles a progresar en la adquisición de las virtudes.

El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue en el último día.

La luz de Jesús es diferente, el Papa el martes en Santa Marta

 

2013-09-03 Radio Vaticana
(RV).- (Con audio) “Donde está Jesús siempre hay humildad, docilidad y amor”. Lo afirmó el Papa Francisco en su homilía de la Misa de la mañana de este martes 3 de septiembre en la Casa de Santa Marta. El Obispo de Roma recalcó la distinción entre la “luz tranquila” de Jesús que habla a nuestro corazón y la luz del mundo, una “luz artificial” que nos vuelve soberbios y orgullosos.
La identidad cristiana es “una identidad de la luz no de las tinieblas”. El Papa Francisco desarrolló su homilía partiendo de las palabras de San Pablo dirigidas a los primeros discípulos de Jesús: “Ustedes hermanos no pertenecen a las tinieblas, todos ustedes son hijos de la Luz”. Esta Luz, observó el Santo Padre, “no ha sido bien recibida por el mundo”. Pero Jesús, puntualizó, ha venido precisamente para salvarnos del pecado, “su Luz nos salva de las tinieblas”. Por otra parte, agregó, hoy “se puede pensar que haya la posibilidad” de tener la luz “con tantas cosas científicas y tantas cosas de la humanidad”:
“Se puede conocer todo, se puede tener ciencia de todo e iluminación sobre las cosas. Pero la luz de Jesús es distinta. No es una luz de la ignorancia, ¡no! Es una luz de sapiencia y de sabiduría, pero es diferente a la luz del mundo. La luz que nos ofrece el mundo es una luz artificial, tal vez fuerte – ¡aquella luz de Jesús es más fuerte, eh! – fuerte como fuego de artificio, como un flash fotográfico. En cambio la luz de Jesús es una luz suave, es una luz tranquila, es una luz de paz, es como la luz en la noche de Navidad: sin pretensiones”.
El Papa continuó explicando que es una luz que “se ofrece y da paz”. La luz de Jesús, prosiguió, “no da espectáculo, es una luz que viene en el corazón”. Sin embargo, advirtió, “es verdad que tantas veces el diablo viene disfrazado de ángel de luz: a él le gusta imitar a Jesús y se hace bueno, nos habla tranquilamente, como le habló a Jesús tras el ayuno en el desierto”. He aquí por qué debemos pedir al Señor “la sabiduría del discernimiento para conocer cuándo es Jesús que nos da la luz y cuándo es justamente el demonio, disfrazado de ángel de luz”:
“Cuántos creen vivir en la luz y están en las tinieblas, pero no se dan cuenta. ¿Cómo es la luz que nos ofrece Jesús? La luz de Jesús podemos conocerla, porque es una luz humilde, no es una luz que se impone: es humilde. Es una luz apacible, con la fortaleza de la mansedumbre. Es una luz que habla al corazón y es también una luz que te ofrece la Cruz. Si nosotros en nuestra luz interior somos hombres dóciles, sentimos la voz de Jesús en el corazón y miramos la Cruz sin temor: aquella es la luz de Jesús”.
Pero si, en cambio, viene una luz que te “vuelve orgulloso”, advirtió el Papa, una luz que “te lleva a mirar a los demás desde lo alto”, a despreciar a los demás, “a la soberbia, esa no es la luz de Jesús: es la luz del diablo, disfrazado de Jesús, de ángel de luz”.
El Pontífice indicó así el modo para distinguir la verdadera luz de la falsa: “Siempre donde está Jesús hay humildad, docilidad, amor y Cruz”. Jamás, recalcó Francisco, “encontraremos un Jesús que no sea humilde, dócil, sin amor y sin Cruz”. Entonces debemos ir tras Él, “sin temor”, seguir su luz porque la luz de Jesús “es bella y hace tanto bien”. En el Evangelio de hoy, concluyó el Obispo de Roma, Jesús expulsa al demonio y la gente está desorientada por el temor frente a una palabra que expulsa a los espíritus impuros:
“Jesús no tiene necesidad de un ejército para expulsar a los demonios, no necesita de la soberbia, no tiene necesidad de la fuerza, del orgullo. ‘¿Qué tiene su palabra? ¡Manda con autoridad y poder a los espíritus impuros, y ellos salen!’ Es una palabra humilde, dócil, con tanto amor; es una palabra que nos acompaña en los momentos de Cruz. Pidamos al Señor que hoy nos dé la gracia de su Luz y que nos enseñe a distinguir cuando la luz es de Él y cuando es una luz artificial, hecha por el enemigo, para engañarnos”.

Con Cristo, acogida, fiesta y misión

 

(RV).- (actualizado con video, voz del Papa y texto de su catequesis en español) «La Jornada Mundial de la Juventud nos recuerda la gran noticia de la historia: que somos amados por Dios, que es nuestro Padre, y que Jesús ha venido a salvarnos», destacó el Papa, reanudando sus audiencias generales, después de la tradicional pausa del verano romano. Recibido con grandes muestras de cariño en la Plaza de San Pedro, dio comienzo a su encuentro semanal con miles de fieles romanos y peregrinos, que acudieron para recibir su bendición y escuchar su catequesis. Catequesis que el Santo Padre dedicó a la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro. En esta audiencia general, la número 15 de su pontificado – la última fue la del 26 de junio pasado – el Obispo de Roma hizo hincapié en la importancia de la JMJ, con su profunda gratitud a Dios y a Nuestra Señora Aparecida, por haberlo acompañado en esta peregrinación y primer viaje apostólico internacional. Poniendo de relieve también la importancia de la Virgen conocida con esta advocación, para la Iglesia en Brasil y en América Latina, y evocando el viaje que realizó su amado predecesor Benedicto XVI. «Vayan y hagan discípulos de todas las naciones», con el lema de este gran evento de fe, que nos recuerda la gran noticia del amor de Dios, que nos envió a su Hijo Jesús, el Santo Padre alentó a llevar la luz de Cristo a las periferias de la existencia. Para resumir la bellísima experiencia de Río de Janeiro, el Papa propuso tres palabras: acogida, fiesta y misión.
(CdM – RV)

Texto completo de las palabras en español del Papa:
«Queridos hermanos y hermanas:Aunque ya ha pasado más de un mes, quisiera recordar en la catequesis de hoy la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro. En primer lugar, doy gracias a Dios y a Nuestra Señora de la Aparecida por las gracias alcanzadas. También quiero agradecer a los brasileños, a sus autoridades, a sus parroquias y a las familias, su fraternal acogida. Para resumir esta experiencia, les propongo tres palabras: La primera es acogida, que crea vínculos de amistad, que perduran sobre todo en la oración. La segunda es fiesta, fiesta con los hermanos, pero, sobre todo, fiesta con el Señor: Juntos hemos rezado, adorado; ha sido una fiesta de la fe. Y, finalmente la tercera: misión. Jesús envía a los discípulos: «Vayan», salgan de ustedes mismos, y lleven la luz y el amor a las periferias de la existencia. Y añade: «Yo estaré con ustedes». Sin Él no podemos hacer nada; con Él, cualquier joven puede ser una esperanza para Dios, y para los demás: ¿Quieren ser esa esperanza? ¿Se atreven a transformar el mundo, a hacerlo más justo y más hermoso? La Jornada Mundial de la Juventud nos recuerda la gran noticia de la historia: que somos amados por Dios y Jesús ha venido a salvarnos.
********************Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular al grupo de oficiales venidos desde Colombia, así como a los fieles provenientes de España, Argentina, México y los demás países latinoamericanos. Invito a todos a que la acogida, la fiesta y la misión vividas en Brasil no sean un mero recuerdo, sino el alma de nuestras vidas y comunidades. Gracias.»



Traducción completa del texto de la catequesis del Papa en italiano
Reanudamos el camino de las catequesis, después de las vacaciones de agosto, pero hoy quiero contarles acerca de mi viaje a Brasil, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Ha pasado más de un mes, pero creo que es importante volver sobre este evento, pues la distancia de tiempo permite captar mejor el sentido.
En primer lugar quiero dar las gracias al Señor, porque Él lo guió todo con su providencia. ¡Para mí, viniendo de las Américas, fue un bonito regalo! Y por ello agradezco también a Nuestra Señora de Aparecida, que acompañó todo este viaje: hice la peregrinación al gran santuario nacional de Brasil, y su venerada imagen estaba siempre presente en el escenario de la JMJ. Estaba muy feliz por eso, porque Nuestra Señora de Aparecida es muy importante para la historia de la Iglesia en Brasil, pero también para toda América Latina; los Obispos latino-americanos y del Caribe en Aparecida vivimos una Asamblea General, con el Papa Benedicto: una etapa muy importante del camino pastoral en aquella parte del mundo en la que vive la mayor parte de la Iglesia católica.
Aunque ya lo he hecho, quiero renovar mi agradecimiento a todas las autoridades civiles y eclesiásticas, a los voluntarios, a la seguridad, a las comunidades parroquiales de Rio de Janeiro y de otras ciudades en Brasil, donde los peregrinos fueron recibidos con gran fraternidad. De hecho, la acogida de las familias brasileñas y de las parroquias fue una de las características mas bonitas de esta JMJ. Buena gente estos brasileños. Tienen un corazón muy grande. La peregrinación siempre implica inconvenientes, pero la acogida ayuda a superarlos y, de hecho, los transforma en ocasiones para el conocimiento y la amistad. Nacen lazos que luego, se mantienen, sobre todo en la oración. También así crece la Iglesia en todo el mundo, como una red de verdaderos amigos en Jesucristo, una red que te prende y a la vez te libera. Así pues, acogida, esta es la primera palabra que surge de la experiencia del viaje a Brasil.
Otra palabra clave puede ser fiesta. La JMJ es siempre una fiesta, porque cuando una ciudad está llena de chicos y chicas que vagan por las calles con banderas de todo el mundo, saludándose, abrazándose, esto es una verdadera fiesta. Es una señal para todos, no sólo para los creyentes. Pero después está la fiesta más grande que es la fiesta de la fe, cuando alabamos al Señor juntos, cantando, escuchando la Palabra de Dios, permaneciendo en silencio de adoración: todo esto es la culminación de la JMJ, es el verdadero propósito de esta peregrinación, y se vive de una manera particular en la gran Vigilia del sábado por la noche y en la Misa final. Ésta es pues la gran fiesta, la fiesta de la fe y de la fraternidad, que inicia en este mundo y que no tendrá fin. ¡Pero esto sólo es posible con el Señor! Sin el amor de Dios no hay verdadera fiesta para el hombre!
Acogida, fiesta. Pero no puede faltar un tercer elemento: la misión. Esta JMJ se caracterizó por un tema misionero: "Vayan y hagan discípulos de todas las naciones”. Hemos oído la palabra de Jesús: es la misión que nos ha dado a todos. Es el mandato de Cristo resucitado a sus discípulos: ¡"Vayan”, salgan de si mismos, de toda cerrazón para llevar la luz y el amor del Evangelio a todos, hasta las extremas periferias de la existencia! Y fue precisamente ese mandato de Jesús que he confiado a los jóvenes que llenaban la inmensa playa de Copacabana. Un lugar simbólico, la orilla del océano, que parecía sugerir la orilla del lago de Galilea. Sí, porque aún hoy en día el Señor repite: " Vayan... " y agrega: " Yo estoy con vosotros, todos los días ...". Esto es fundamental !Sólo a través de Cristo podemos llevar el evangelio. Sin Él no podemos hacer nada - nos lo ha dicho Él mismo ( cf. Jn 15,5). Con él, en cambio, unidos a Él, podemos hacer mucho. Incluso un chico, una chica, que a los ojos del mundo cuenta poco o nada, ante los ojos de Dios es un apóstol del Reino, ¡es una esperanza para Dios! A todos los jóvenes quisiera preguntar con fuerza: ¿Quieren ser una esperanza para Dios? ¿Quieren ser una esperanza para la Iglesia? Un joven corazón que acoge el amor de Cristo, se convierte en esperanza para los otros, ¡es una fuerza inmensa! ¡Vosotros chicos y chicas, todos los jóvenes deben transformarse en esperanza! Abran las puertas hacia un mundo nuevo de esperanza. Ésta es su misión ¿Quieren ser esperanza para todos nosotros? Pensemos en lo que significa aquella multitud de jóvenes que han encontrado a Cristo resucitado, en Río de Janeiro, y llevan su amor en la vida de cada día, lo viven, lo comunican. No terminan en los periódicos, porque no cometen actos violentos, no hacen escándalos, y por lo tanto no son noticia. Pero si permanecen unidos a Jesús, construyen su Reino, construyen fraternidad, comparten obras de misericordia, ¡son una fuerza poderosa para que el mundo sea más justo y más hermoso, para transformarlo! Pido ahora a los chicos y chicas: ¿tienen ustedes la valentía de asumir este reto? ¿Se animan para ser esta fuerza de amor y de misericordia que tiene el coraje de querer cambiar el mundo?
Queridos amigos, la experiencia de la JMJ nos recuerda la verdadera y gran noticia de la historia, la Buena Nueva, a pesar de que no aparece en los periódicos y en la televisión: somos amados por Dios, que es nuestro Padre y que envió a su Hijo Jesús para que estuviera cerca de cada uno de nosotros y nos salve. A salvarnos y a perdonarnos todo, porque Él siempre perdona. Porque Él es bueno y misericordiosos. Acordaos: acogida, fiesta, misión: tres palabras. Que estas palabras no sean solo un recuerdo de lo que sucedió en Río, sino que sean el alma de nuestra vida y la vida de nuestras comunidades. Gracias.
ER RV

En el mundo el grito de la oración

 

2013-09-04 L’Osservatore Romano
Para los oídos de Dios las oraciones suenan más que los tambores de guerra. Es la convicción de los obispos de Tierra Santa ante los siniestros vientos de guerra que soplan para añadir más sangre y sufrimientos a los que ya hace tiempo que afligen Siria y la región de Oriente Medio. La Asamblea de los ordinarios católicos de Tierra Santa se adhiere, por ello, a la jornada especial de oración y ayuno convocada por el Papa Francisco para el sábado 7 de septiembre, deseando que “cada ordinario en su diócesis, eparquía o exarcado, cada párroco en su parroquia y junto a sus parroquianos, organicen la jornada como más convenga”. A fin de que —y ésta es la convicción más profunda— el eco de las oraciones que se elevan de nuestros  labios cubra el ruido de los tambores de guerra. En la misma dirección van las palabras de Gregorios III Laham, patriarca de Antioquía de los Greco-melquitas, para quien “la jornada de oración anunciada por el Papa es un gesto extraordinario de paz, que confirma el gran amor de Francisco por esta tierra martirizada”. Es una respuesta coral la que llega del laicado católico. Acción Católica italiana, como todas las AC del mundo reunidas en el Forum internacional de Acción Católica, comparte “el grito de la paz” del que el Papa Francisco se hizo intérprete en el curso del Ángelus del domingo pasado y renueva “el proprio compromiso a ser un eslabón de esa gran cadena de hombres y mujeres de esperanza, de diálogo y de solidaridad que consideran la paz un bien precioso -que supera toda barrera- que hay que promover y tutelar siempre”. Análogas adhesiones han expresado Comunión y Liberación, la Comunidad de San Egidio y el movimiento de los Focolares.

¿Cómo hacer el ayuno y oración en la jornada convocada por Francisco?

 

El beato Juan Pablo II también convocó una jornada similar tras el atentando de las Torres Gemelas

Frente a los dolorosos momentos que está sufriendo la nación Siria provocados por la violencia, el santo padre ha propuesto un día de ayuno y oración en el que invita a cristianos, fieles de otras religiones y hombres y mujeres de buena voluntad a que participen de esta jornada. Pedir por la paz en el mundo y especialmente en este momento por la paz en Siria, unirá el corazón y los deseos de multitud de personas este sábado día 7 de septiembre.

El beato Juan Pablo II tuvo una iniciativa similar en el 2001 tras los atentados de las Torres Gemelas de Nueva York cuando invitó a vivir el 14 de diciembre de ese año como un día de ayuno y oración para que Dios concediera al mundo "una paz estable, fundada en la justicia" e invitó a representantes de las religiones del mundo a ir a Asís el 24 de enero de 2002 a rezar por la superación de las contraposiciones y para la promoción de la auténtica paz".
Ayunar también significa hacerse solidario y comprender la situación de las miles de personas que cada día pasan hambre en el mundo. Este sábado puede ser además un momento para explicarle incluso a los más pequeños de la casa el sentido de hacer este sacrificio, que dista mucho de ser un acto vacío de significado.
En una nota que difundió la Oficina de Celebraciones Litúrgicas en esa ocasión, ofrecieron algunos puntos de reflexión sobre el significado del ayuno y la oración.
El día de ayuno, indica, no debe ser entendido exclusivamente según las formas jurídicas del Código de Derecho Canónico; "sino en un sentido más amplio, que implique libremente a todos los fieles: los niños, que voluntariamente cumplen renuncias a favor de sus coetáneos pobre; los jóvenes, muy sensibles a la causa de la justicia y de la paz; todos los adultos, menos los enfermos, sin exclusión de los ancianos".
"En todas las grandes experiencias religiosas el ayuno ocupa un puesto importante", explica. "El ayuno implica una actitud de fe, de humildad, de total dependencia de Dios. Ya en el Antiguo Testamento se encuentran ejemplos donde se recurre al ayuno para "prepararse al encuentro con Dios; antes de afrontar una tarea difícil o pedir el perdón de una culpa; para manifestar el dolor causado por una desgracia doméstica o nacional; pero el ayuno, inseparable de la oración y de la justicia, está orientado sobretodo a la conversión del corazón, sin la cual, como denunciaban ya los profetas, no tiene sentido". Del mismo modo encontramos el ejemplo en la vida de Jesús, cuando ayunó durante 40 días en el desierto antes de comenzar su vida pública.
En la nota también explica que "fieles a la tradición bíblica, los santo padres han tenido en gran consideración el ayuno. Según ellos, la práctica del ayuno facilita la apertura del hombre a otro alimento: el de la Palabra de Dios y del cumplimiento de la voluntad del Padre; y en estrecha conexión con la oración, fortifica la virtud, suscita misericordia, implora el socorro divino, conduce a la conversión del corazón".
El documento al finalizar explica que "la práctica del ayuno está dirigida al pasado, al presente y al futuro: al pasado, como reconocimiento de las culpas contra Dios y contra los hermanos, de las cuales todos estamos manchados; al presente, para aprender a abrir los ojos hacia los otros o la realidad que nos rodea; al futuro, para acoger en el corazón la realidad divina y renovar, a partir de don de la misericordia de Dios, la comunión con todos los hombre y con la entera creación, asumiendo responsablemente la tarea que cada uno de nosotros tiene en la historia".

lunes, 2 de septiembre de 2013

Pensemos en nuestras armas cotidianas. El Papa el lunes en Santa Marta

2013-09-02 Radio Vaticana
(RV).- (Audio)  Donde está Dios no hay odio, envidia y celos, y no existen aquellas habladurías que matan a los hermanos: lo dijo el Papa Francisco la mañana del lunes en Santa Marta, donde ha vuelto a celebrar la Misa con diversos grupos luego de la pausa veraniega.
El encuentro de Jesús con sus conterráneos, los habitantes de Nazaret, como lo cuenta el Evangelio de San Lucas propuesto por la liturgia del día, estuvo al centro de la homilía del Papa. Los nazarenos admiran a Jesús – observó el Pontífice –pero esperan de él algo asombroso: “querían un milagro, querían lo espectacular” para creer en él. De esta manera Jesús dice que no tienen fe y “ellos se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de matarlo”:
“Pero miren cómo la cosa ha cambiado: comenzaron con belleza, con admiración, y terminaban con un crimen: queriendo matar a Jesús. Esto por los celos, la envidia, todas esas cosas … Esto no es algo que sucedió hace dos mil años: esto sucede cada día en nuestro corazón, en nuestras comunidades. Cuando en una comunidad se dice: ‘¡Ah, qué bueno, este que ha venido!’. Se habla bien el primer día; no tanto el segundo, y al tercero se comienza a chismear y terminan despellejándolo”.
Así los nazarenos “querían matar a Jesús”:
“Pero aquellos que en una comunidad hablan mal de los hermanos, de los miembros de la comunidad, quieren matar: ¡es lo mismo! El Apóstol Juan, en la primera Carta, capítulo III, versículo 15, nos dice: ‘Aquel que odia en su corazón a su hermano, es un homicida’. Nosotros estamos acostumbrados a las habladurías, a los chismes. ¡Cuántas veces nuestras comunidades, también nuestra familia, son un infierno donde se gesta esta criminalidad de matar al hermano y a la hermana con la lengua!”.
“Una comunidad, una familia - continuó el Papa - es destruida por esta envidia, que el diablo siembra en el corazón y que hace que uno hable mal del otro, y así se destruya”. “En estos días - subrayó - estamos hablando tanto de la paz”, vemos a las víctimas de las armas, pero se debe también pensar a nuestras armas cotidianas: “la lengua, las habladurías, el chismear”. Cada comunidad – concluyó el Papa - debe en cambio vivir con el Señor y ser “como el Cielo”:
“Para que haya paz en una comunidad, en una familia, en un país, en el mundo, debemos comenzar así : estar con el Señor. Y donde está el Señor no hay envidia, no hay criminalidad, no hay odio, no hay celos. Hay fraternidad. Pidamos esto al Señor: Jamás matar al prójimo con nuestra lengua, y estar con el Señor, así estaremos todos con él en el Cielo. Así sea”. (RC-RV)

“Nunca más la guerra”, llamamiento del Papa a la hora del ángelus

2013-09-01 Radio Vaticana
(RV).- (Con audio) “Es el grito que expresa con fuerza – dijo el Papa en un amplio llamamiento por la paz en Siria –. Y añadió: “Queremos un mundo de paz, queremos ser hombres y mujeres de paz”. “Queremos que en nuestra sociedad destrozada por divisiones y por conflictos, estalle la paz”. “Nunca más la guerra”, fue el grito del Papa Francisco.
“He decidido convocar para toda la Iglesia el próximo 7 de septiembre, víspera de la Natividad de María, Reina de la Paz, una jornada de ayuno y de oración por la paz en Siria, en Oriente Medio y en el mundo entero”, dijo el Papa Francisco a la hora del ángelus dominical.
El Pontífice invitó a los hermanos cristianos no católicos así como a los pertenecientes a las demás religiones, a unirse a esta iniciativa según el modo que considerarán más oportuno. Y como él mismo explicó “el 7 de septiembre en la Plaza de San Pedro, desde las 19.00 y hasta las 24.00, nos reuniremos en oración, en espíritu de penitencia, para invocar de Dios este gran don por la amada nación siria”. Porque como añadió el Papa Francisco, “la humanidad tienen necesidad de ver gestos de paz”.
El Pontífice condenó con particular firmeza el uso de las armas químicas. Y dijo que tiene aún en su mente y en su corazón imágenes terribles. Por eso añadió que está el juicio de Dios y de la historia por nuestras acciones, al que no se puede escapar...
Texto completo de la alocución del Papa antes de la plegaria a María:
 Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!
Hoy, queridos hermanos y hermanas, quisiera hacerme intérprete del grito que sube de todas partes de la tierra, de todo pueblo, del corazón de cada uno, de la única gran familia que es la humanidad, con angustia creciente: ¡es el grito de la paz! El grito que dice con fuerza: ¡queremos un mundo de paz, queremos ser hombres y mujeres de paz, queremos que en nuestra sociedad, destrozada por divisiones y por conflictos, estalle la paz; nunca más la guerra! ¡Nunca más la guerra! La paz es un don demasiado precioso, que debe ser promovido y tutelado.
Vivo con particular sufrimiento y preocupación las tantas situaciones de conflicto que hay en nuestra tierra, pero, en estos días, mi corazón está profundamente herido por lo que está sucediendo en Siria y angustiado por los dramáticos desarrollos que se presentan.
Dirijo un fuerte llamamiento por la paz, ¡un llamamiento que nace de lo íntimo de mí mismo! ¡Cuánto sufrimiento, cuánta devastación, cuánto dolor ha traído y trae el uso de las armas en aquel martirizado país, especialmente entre la población civil e inerme! ¡Pensemos en cuantos niños no podrán ver la luz del futuro! Con particular firmeza condeno el uso de las armas químicas: les digo que tengo aún fijas en la mente y en el corazón las imágenes terribles de los días pasados! ¡Hay un juicio de Dios y también un juicio de la historia sobre nuestras acciones al que no se puede escapar! Jamás el uso de la violencia lleva a la paz. ¡Guerra llama guerra, violencia llama violencia!
Con toda mi fuerza, pido a las partes en conflicto que escuchen la voz de su propia conciencia, que no se cierren en sus propios intereses, sino que miren al otro como un hermano y emprendan con coraje y con decisión la vía del encuentro y de la negociación, superando la ciega contraposición. Con la misma fuerza exhorto también a la Comunidad Internacional a hacer todo esfuerzo para promover, sin ulterior demora, iniciativas claras por la paz en esa nación, basadas en el diálogo y en la negociación, por el bien de la entera población siria.
Que no se ahorre ningún esfuerzo para garantizar asistencia humanitaria a quien está afectado por este terrible conflicto, en particular a los evacuados en el país y a los numerosos prófugos en los países vecinos. Que a los agentes humanitarios, empeñados en aliviar los sufrimientos de la población, se les asegure la posibilidad de prestar la ayuda necesaria.
¿Qué podemos hacer nosotros por la paz en el mundo? Como decía el Papa Juan: a todos nos corresponde la tarea de recomponer las relaciones de convivencia en la justicia y en el amor (Cfr. Carta encíclica, Pacem in terris [11 abril de 1963]: AAS 55 [1963], 301-302).
¡Que una cadena de empeño por la paz una a todos los hombres y a las mujeres de buena voluntad! Es una invitación fuerte y urgente que dirijo a la entera Iglesia Católica, pero que extiendo a todos los cristianos de las demás Confesiones, a los hombres y mujeres de toda religión y también a aquellos hermanos y hermanas que no creen: la paz es un bien que supera toda barrera, porque es un bien de toda la humanidad.
Repito con voz alta: no es la cultura del enfrentamiento, la cultura del conflicto la que construye la convivencia en los pueblos y entre los pueblos, sino la cultura del encuentro, la cultura del diálogo: éste es el único camino hacia la paz.
Que el grito de la paz se eleve alto para que llegue al corazón de todos y todos dejen las armas y se dejen guiar por el anhelo de paz.
Por esto, hermanos y hermanas, he decidido convocar para toda la Iglesia el próximo 7 de septiembre, víspera de la fiesta de la Natividad de María, Reina de la Paz, una jornada de ayuno y de oración por la paz en Siria, en Oriente Medio, y en el mundo entero, y también invito a unirse a esta iniciativa, según el modo que considerarán más oportuno, a los hermanos cristianos no católicos, a los pertenecientes a las demás religiones y a los hombres de buena voluntad.
El 7 de septiembre, en la Plaza de San Pedro, aquí, desde las 19.00 y hasta las 24.00, nos reuniremos en oración y en espíritu de penitencia para invocar de Dios este gran don para la amada nación siria y para todas las situaciones de conflicto y de violencia en el mundo.
¡La humanidad tiene necesidad de ver gestos de paz y de escuchar palabras de esperanza y de paz! Pido a todas las Iglesias particulares que, además de vivir este día de ayuno, organicen algún acto litúrgico según esta intención.
A María le pedimos que nos ayude a responder a la violencia, al conflicto y a la guerra, con la fuerza del diálogo, de la reconciliación y del amor.
Ella es Madre: que Ella nos ayude a encontrar la paz. Todos nosotros somos sus hijos. Ayúdanos, María, a superar también este momento difícil y a empeñarnos a construir cada día y en todo ambiente una auténtica cultura del encuentro y de la paz.
María, Reina de la paz, ¡ruega por nosotros!
Todos: María, Reina de la paz, ¡ruega por nosotros!

martes, 20 de agosto de 2013

La renuncia de los apóstoles y su premio

Mateo 19, 23-30. Tiempo Ordinario. Todos estamos llamados de alguna manera a dejar ese "todo" que comienza por dejarse a uno mismo.
 
La renuncia de los apóstoles y su premio
Del santo Evangelio según san Mateo 19, 23-30


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Yo os aseguro que un rico difícilmente entrará en el Reino de los Cielos. Os lo repito, es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja, que el que un rico entre en el Reino de los Cielos». Al oír esto, los discípulos, llenos de asombro, decían: «Entonces, ¿quién se podrá salvar?» Jesús, mirándolos fijamente, dijo: «Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible». Entonces Pedro, tomando la palabra, le dijo: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué recibiremos, pues?» Jesús les dijo: «Yo os aseguro que vosotros que me habéis seguido, en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos, para juzgar a las doce tribus de Israel. Y todo aquel que haya dejado casas, hermanos, hermanas, padre, madre, hijos o hacienda por mi nombre, recibirá el ciento por uno y heredará vida eterna. «Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos, primeros».

Oración introductoria

Señor Jesús, sálvame. Creo en Ti. Espero y te amo sobre todas las cosas. Enciende en mi corazón el amor al Padre que está en el cielo y la alegría de ser cristiano. Dame el fuego de tu Santo Espíritu, que ilumine mi mente para desinteresadamente buscarte en esta oración.

Petición

Señor, dame la valentía para vivir con pobreza de espíritu.

Meditación del Papa

Si Jesús se ha convertido en vuestra esperanza, comunicadlo con vuestro gozo y vuestro compromiso espiritual, apostólico y social. Alcanzados por Cristo, después de haber puesto en Él vuestra fe y de haberle dado vuestra confianza, difundid esta esperanza a vuestro alrededor. Tomad opciones que manifiesten vuestra fe; haced ver que habéis entendido las insidias de la idolatría del dinero, de los bienes materiales, de la carrera y el éxito, y no os dejéis atraer por estas falsas ilusiones! No cedáis a la lógica del interés egoísta; por el contrario, cultivad el amor al prójimo y haced el esfuerzo de poneros vosotros mismos, con vuestras capacidades humanas y profesionales al servicio del bien común y de la verdad, siempre dispuestos a dar respuesta "a todo el que os pida razón de vuestra esperanza". El auténtico cristiano nunca está triste, aun cuando tenga que afrontar pruebas de distinto tipo, porque la presencia de Jesús es el secreto de su gozo y de su paz. Benedicto XVI, 4 de marzo de 2009.

Reflexión

Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido.” Sería reductivo si interpretáramos el dejar "todo" de Pedro, como sólo la opción de convertirse en un misionero, o de quien se hace sacerdote o religioso(a). Todo cristiano está llamado de alguna manera a dejar ese "todo" que comienza por dejarse a uno mismo. Cuando Jesús nos llama a amar más y nos invita a una entrega más plena y consciente, lo primero que debemos hacer es rechazar el egoísmo de nuestra vida. Con palabras del Papa Juan XXIII, estamos "metiendo el amor propio debajo de nuestros zapatos". Es nuestro principal obstáculo y lo que impide que el amor de Dios nos alcance y se difunda a nuestro alrededor. Por ello, nuestra recompensa tendrá la medida de nuestro amor a Dios. Cuanto más generoso sea, mayor será ésta.

No se trata de una opción, de una entrega que podemos alcanzar fácilmente por nosotros mismos. Es una invitación que proviene de Dios, que Él sin duda quiere para cada uno de nosotros aunque también nos pida nuestra colaboración. En esto hemos de confiar, pues es Dios quien nos inspira santos propósitos, Él mismo nos asistirá con su gracia y no nos abandonará nunca.

Propósito

Rezar, continuamente, una jaculatoria que me ayude a combatir el desaliento ante las dificultades, con el entusiasmo de mi fe y y de mi amor a Dios.

Diálogo con Cristo

Jesús, que este encuentro contigo me ayude a concretar mi generosidad. Quiero vivir con esa apertura en todas las circunstancias de mi vida, especialmente en las que requiera un especial desprendimiento de mi propio ser, para ponerme a disposición de las necesidades de los demás, sin buscar recompensas efímeras, sino sólo el cumplir, por amor, tu voluntad.